«Permanece fiel a mí, y no pierdas la confianza en las horas de debilidad. También de ellas me valgo para bien» (Palabra interior).
Quizá no nos resulte tan fácil comprender estas palabras. ¡Cuánto quisiéramos ser fuertes y capaces de superar todos los desafíos de la vida! Probablemente esto cuenta en particular para las personas con un marcado carácter luchador. Sin embargo, luego nos topamos con nuestras debilidades, que nos recuerdan una y otra vez los límites de nuestra condición de criaturas. Nos quedamos cortos frente a lo que nos habíamos propuesto y nos sentimos decepcionados con nosotros mismos.
Evidentemente, nuestro Padre lo ve desde otra perspectiva. Él conoce muy bien nuestra debilidad y, al mismo tiempo, nuestra tendencia a sobreestimar nuestras propias fuerzas. En su sabiduría, nuestro Padre Celestial tiene especialmente puesta su mirada en la salvación de nuestra alma.
El salmo reza: «No aprecia el vigor de los caballos, no estima los músculos del hombre: el Señor aprecia a sus fieles, que confían en su misericordia» (Sal 146,10-11).
Nuestro objetivo como seres humanos no puede ser el de demostrar al mundo y a nosotros mismos lo grandes y fuertes que somos, sino permitir que Dios habite en nosotros y obre a través nuestro.
Es precisamente aquí donde cobra un profundo sentido la frase de hoy. En nuestra vida humana, marcada por diversas limitaciones, experimentamos momentos de debilidad, de los que nuestro Padre sabrá servirse para bien. Precisamente estas debilidades debemos abrir confiadamente a nuestro Padre. Él nos invita a hacerlo y, de este modo, se vuelven fecundas. Permanecemos fieles al Señor sencillamente porque Él es como es, y no porque nos sintamos fuertes. En las horas de debilidad, nos aferramos a Dios y esa muestra de fidelidad puede ser más valiosa a sus ojos que los «músculos del hombre».
