El cielo: la vida eterna con Dios

Ayer nos centramos en la resurrección espiritual, también denominada «la primera resurrección». No es necesario profundizar más en este tema, ya que se trata del camino diario de la fe unido a la lucha por la santidad. Este tema nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida y, por mi parte, intento ofrecer constantemente a los fieles y a los buscadores pautas sobre el camino de la santidad, tanto en mis meditaciones diarias como en mis conferencias.

Pero lo que aún nos queda por abordar en estas meditaciones posteriores a la Resurrección del Señor es la vida eterna. Para los creyentes que han permanecido fieles hasta el final, será el Cielo: la unión plena con Dios en la contemplación de su gloria.

Sería insensato perder de vista la maravillosa meta hacia la que nos dirigimos. Es incomparablemente más gloriosa de lo que podemos imaginar y su belleza debería estimularnos. Al elevar nuestra mirada hacia la gloria del Cielo, de ningún modo nos desconectamos de la vida real, ni nos volvemos pseudomísticos, ni evadimos la realidad. Todas esas ideas son erróneas. Al contrario, el anhelo del Cielo debería aumentar nuestro fervor por cumplir la tarea que se nos ha encomendado en este mundo para glorificar a Dios y servir a los hombres.

El Catecismo Romano nos enseña lo siguiente sobre la gloria del Cielo:

«La bienaventuranza esencial consiste en ver a Dios y gozar de Él como fuente y principio de toda bondad y perfección.

“Esta es la vida eterna —dice el Señor—; que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,13). Y san Juan parece querer explicar estas palabras del Maestro cuando escribe: “Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).

Esto significa que la vida eterna consistirá en dos cosas: ver a Dios tal y como es en su naturaleza y sustancia, y llegar nosotros a ser “como dioses”».  

La mayor recompensa, o mejor dicho, el regalo más grande que Dios nos tiene preparado es la contemplación de su ser. Nada puede superarlo y todo lo demás son maravillosas añadiduras de su amor. Contemplarlo cara a cara es adentrarse en la esencia íntima de Dios. Por tanto, conocerlo tal y como es en verdad es lo más sublime que nos puede suceder, sobre todo porque, en el Cielo, esa será la realidad por toda la eternidad. Para alcanzar la visión beatífica, es necesario haber atravesado una purificación interior total, para poder asimilar la luz resplandeciente de Dios. Algunos místicos tuvieron la dicha de saborear ya aquí en la Tierra algo de esa «dulzura infinita de Dios», y sus descripciones desbordan de amor.

El Catecismo añade a continuación:

«No queda otro modo de conocer la esencia divina sino que esta se una con nosotros de algún modo, elevando de manera misteriosa e inefable nuestra inteligencia hasta hacerla capaz de contemplar la naturaleza de Dios.

Esto lo conseguiremos con la luz de la gloria. Iluminados con este resplandor, veremos en su luz la luz (Sal 35,10). Los bienaventurados contemplarán siempre el rostro de Dios (cf. Mt 18,10). Gracias a este grandísimo y excelentísimo don, el más grande y perfecto de todos los dones celestiales, serán partícipes de la naturaleza divina (2Pe 1,4) y gozarán de la verdadera y eterna felicidad (…).

Es cierto que la verdad de la bienaventuranza será siempre un misterio para nosotros, por tratarse de una realidad enteramente divina, que ni puede expresarse con palabras ni ser comprendida por el entendimiento (…). Para decirlo todo con pocas palabras, la suprema y perfecta bienaventuranza, que llamamos «esencial», consiste en la posesión de Dios. ¿Qué podrá faltar para ser perfectamente feliz a quien posee a Dios, sumo y perfectísimo bien?».

Habiendo escuchado la maravillosa doctrina que nos transmite el Catecismo sobre la gloria de la visión beatífica de Dios, podemos resumirla y expresarla de la siguiente manera:

Al contemplar a Dios, nos encontramos con el Amor mismo. Él nos ha creado, redimido y santificado. En el Cielo, ya no habrá velos, sino que podremos acoger sin impedimento alguno el amor divino en la medida prevista por Él.

Este amor divino nos inflamará y penetrará a tal punto en nuestra naturaleza humana, ya purificada por completo, que llegaremos a la unión plena con Dios. A esta unificación se le llama también «divinización» del ser humano. Sin embargo, es importante tener claro que seguiremos conservando nuestra naturaleza humana y nunca adquiriremos la naturaleza divina.

Mañana retomaremos el tema.

______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/hechos-de-los-apostoles-hch-534-42-el-consejo-de-gamaliel/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-interpretacion-correcta-de-los-signos/

Descargar PDF