En las dos últimas meditaciones, hemos podido constatar con dolor que, en su mayoría, el pueblo judío aún no ha reconocido a Jesús como el Mesías. En los apóstoles y discípulos del Señor vemos que una transición —o, mejor dicho, el cumplimiento y la plenitud del camino por el que Dios los había guiado hasta entonces— no solo era posible, sino que de hecho se produjo, al menos en un «remanente de Israel». Podemos verlo claramente en el caso de san Pablo, que procedía de los círculos más eruditos del judaísmo y que experimentó su conversión e iluminación como una gracia indecible. Dios actuaba con poder y acreditaba el testimonio de su Hijo Jesucristo mediante signos y prodigios. Sin embargo, como la mayor parte del pueblo no lo reconoció, se produjo una brecha cada vez mayor entre judíos y cristianos, y ya no fue posible un camino en común. La consecuencia fue la expulsión de las sinagogas de quienes profesaban la fe en el Mesías, así como la reorganización del judaísmo tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C.
Por muy triste que sea esta separación, sin duda era inevitable, pues la aceptación de Jesús como el Mesías era y seguirá siendo el punto decisivo que abre las puertas de la gracia para la humanidad. La decisión de seguir al Hijo de Dios es el momento crucial para que esta gracia que Él nos alcanzó pueda llegar a las personas.
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