Ayer nos centramos en la resurrección espiritual, también denominada «la primera resurrección». No es necesario profundizar más en este tema, ya que se trata del camino diario de la fe unido a la lucha por la santidad. Este tema nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida y, por mi parte, intento ofrecer constantemente a los fieles y a los buscadores pautas sobre el camino de la santidad, tanto en mis meditaciones diarias como en mis conferencias.
Pero lo que aún nos queda por abordar en estas meditaciones posteriores a la Resurrección del Señor es la vida eterna. Para los creyentes que han permanecido fieles hasta el final, será el Cielo: la unión plena con Dios en la contemplación de su gloria.
Sería insensato perder de vista la maravillosa meta hacia la que nos dirigimos. Es incomparablemente más gloriosa de lo que podemos imaginar y su belleza debería estimularnos. Al elevar nuestra mirada hacia la gloria del Cielo, de ningún modo nos desconectamos de la vida real, ni nos volvemos pseudomísticos, ni evadimos la realidad. Todas esas ideas son erróneas. Al contrario, el anhelo del Cielo debería aumentar nuestro fervor por cumplir la tarea que se nos ha encomendado en este mundo para glorificar a Dios y servir a los hombres.
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