Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.
Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.
Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:
