Como vimos en la meditación de ayer, el bien supremo que nos espera en el Cielo es la visión beatífica de Dios, que nos hará infinitamente dichosos. Algunos Padres de la Iglesia han intentado, en cierta medida, hacernos accesible lo inaccesible. Quisiera citar a continuación una de esas voces para acrecentar nuestro anhelo por lo que nos espera. San Agustín, maestro de la palabra, escribe en La Ciudad de Dios:
«¡Qué grande será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde no faltará bien alguno y donde toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo en todos! No sé qué otra cosa se podría hacer allí, donde ni por pereza cesará la actividad, ni se trabajará por necesidad (…).
Todos los miembros y partes internas del cuerpo incorruptible, que ahora vemos desempeñando diversas funciones por necesidad, se ocuparán entonces en la alabanza de Dios, ya que allí no habrá necesidad alguna, sino una felicidad plena, cierta, segura y eterna. (…) Todas las demás cosas grandes y admirables que allí se verán, encenderán las mentes racionales con el deleite de la hermosura racional en la alabanza de tan excelente artífice» (Libro XXII, capítulo 30).
