“INCESANTE ALABANZA”

 

«Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca» (Sal 34,2).

Desde luego, nuestro Padre no necesita nuestras alabanzas, pues posee la plenitud en sí mismo y nada le falta. Sin embargo, eso no significa que no le agrade que sus hijos le rindan de todo corazón la gloria que merece.

Al bendecirlo, nos adentramos en la gran realidad de Dios junto con todos aquellos que le pertenecen por el vínculo del amor. Es un despertar del alma, es unirse a la alabanza al Señor que resuena a lo largo de todos los tiempos, y de manera perfecta en el Cielo. Los santos serafines nunca se cansan de cantar y adorar la gloria del Señor, ya que están completamente imbuidos de su amor y majestad.

También en la Tierra resuena la alabanza a Dios con gran dignidad. Pensemos, por ejemplo, en los monasterios, donde los monjes se levantan por la noche para elevar los cánticos de su honor en representación de toda la humanidad, como un sacrificio de alabanza similar al de los serafines. Además, ¡qué gloriosa alabanza a Dios es el Sacrificio de la Misa, celebrado con dignidad y reverencia!

Nuestro amado Padre ha inscrito la alabanza en el corazón de sus criaturas, para que puedan reconocer cada vez más su gloria, que no tiene fin. Es la dicha de sus amados hijos y, al mismo tiempo, la alegría de nuestro Padre, cuando éstos reconocen su bondad y su ser y le alaban con incesante gratitud, cada uno según la manera propia que Dios le ha confiado.

Día tras día, queremos bendecirle con nuestra vida y con todo lo que hagamos. ¡Esto corresponde a la verdad de nuestro ser y permite a nuestro Padre convertirnos en templos vivientes de su amor!