«El que se levanta tras sus caídas poniendo su confianza en Dios y con profunda humildad, se convertirá en un instrumento idóneo en las manos de Dios para realizar grandes obras. El que actúa de otra manera, nunca podrá hacer ningún bien» (San Pablo de la Cruz).
Amado Padre, cuánta sabiduría has comunicado a aquellos que te siguen fielmente y, con ella, los has introducido en tu propio ser. Así, san Pablo de la Cruz nos enseña que nadie debe desesperarse si ha sufrido una caída en su camino de seguimiento de Cristo. Antes bien, Tú solo esperas que se arrepienta y se vuelva a levantar, depositando su confianza en Ti.
¿Podríamos acaso pretender recorrer el camino espiritual sin cometer errores? ¿No se trataría de una forma de soberbia que nos llevaría a sobrevalorarnos y nos impediría levantarnos con humildad? Ciertamente, debemos aspirar a la perfección y esforzarnos por alcanzarla. Pero ¿somos perfectos por ese mero deseo? No, así como no somos humildes por el hecho de amar la humildad. Pero eso no quita que la aspiración de la virtud sea un buen punto de partida.
Una valoración realista de nosotros mismos nos deja claro que apenas hemos emprendido el camino y que, de ningún modo, hemos llegado ya a la meta. Eso es lo que Tú, amado Padre, quieres enseñarnos. Y te vales de nuestras caídas y del reconocimiento de nuestra imperfección para que nos volvamos humildes y confiemos en tu bondad más que en nuestras propias fuerzas. Cuando eso sucede, puedes convertirnos en instrumentos idóneos de tu amor y realizar grandes obras a través de nosotros. En cambio, si no damos ese paso, nos quedamos atrás.
Si hemos caído, amado Padre, no lo hemos perdido todo. Tú lo has permitido para que nos levantemos y te sirvamos con más gratitud aún. Uno de los frutos de nuestra caída debería ser que nos volvamos más misericordiosos con nuestros hermanos y hermanas, que también tienen sus propias luchas en el camino.
