«Mírame a mí, así como Yo te miro a ti» (Palabra interior).
¡He aquí la maravillosa invitación de nuestro Padre celestial a recorrer en íntima cercanía con Él el camino de nuestra vida terrenal! ¡Qué ternura revelan estas palabras! Nuestro Padre nos mira con amor solícito, atento a todas nuestras necesidades físicas y espirituales. El amor de Dios siempre nos precede, pues su mirada se fijó en nosotros aun antes de que existiéramos:
«Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (Jer 1,5).
Su amor nos acompaña día tras día y nuestro Padre cuida de cada uno de nosotros con tanto cariño como si fuéramos su hijo único al que nunca quiere perder. Nosotros, por nuestra parte, elevamos la mirada hacia el Padre y oramos con el salmista:
«Cuando, en lo oculto, me iba formando (…), tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro; calculados estaban mis días antes que llegase el primero» (Sal 138,16).
Bajo tu amorosa mirada, Padre, podemos seguir avanzando y darte gracias por el don de la vida y por tu incomparable sabiduría. Ella vela sobre mis pasos, siempre presta a corregirme y a instruirme, a fortalecerme y guiarme.
Te miramos con amor, querido Padre, y nos maravillamos de cómo guías nuestra vida y de cuán paciente eres con nosotros. Cuando elevamos a ti los ojos de nuestro corazón, sabemos que siempre podemos acudir a ti. Entonces descubrimos que tu mirada ya estaba puesta en nosotros, dándonos a entender que nos amas y nos acompañas en nuestro camino, así como lo hiciste con tu Hijo Unigénito.
¿Qué podría sucedernos? Nada, en realidad. Solo tenemos que procurar no perderte nunca de vista y, como tu Hijo Jesús, tener la mirada siempre puesta en ti.
