«Los hombres creen que yo soy ese Dios terrible que precipita a toda la humanidad al infierno. ¡Cuánto se sorprenderán al final de los tiempos, cuando vean a tantas almas que creían perdidas, gozando de la felicidad eterna en medio de los elegidos» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Una de las grandes obras que nuestro Padre Celestial realiza en favor de los hombres es liberarlos de las ideas erróneas que a menudo tienen de Él. En este sentido, se pueden observar dos extremos opuestos, ninguno de los cuales acierta a reconocer a Dios tal y como es en verdad.
El primero consiste en verlo como un juez vengador que persigue implacablemente cada pecado y cada debilidad humana. Con tal visión, se desconoce que Dios es un Padre lleno de amor, dispuesto a todo con tal de salvar al hombre de su perdición. En este sentido, no es de extrañar que en el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio nuestro Padre hable de aquellas almas que algunas personas creían condenadas y nos recuerde cuán grande es su amor, que corteja al hombre y lucha por él hasta su último suspiro.
Lo que sucede con cada alma después de la muerte sigue siendo un misterio del amor y la justicia de Dios. Desconocemos qué es lo que ocurre entre Dios y el hombre en el último instante antes de que este muera. Por ello, siempre conviene recordar el infinito amor de Dios por todos los hombres y orar por su salvación eterna.
El segundo extremo al que nos referimos es aquel que sugiere que nuestro Padre celestial no se toma el pecado tan en serio, como si éste en realidad no fuera tan grave. Tal actitud también daría lugar a una imagen distorsionada de Dios y restaría importancia a la obra de la redención.
El Espíritu Santo, como nuestro Maestro interior, restablecerá en nosotros la verdadera imagen de Dios, de modo que podamos contribuir, a través de nuestro testimonio, a que nuestro Padre sea conocido, honrado y amado como un Dios amoroso y, a la vez, justo.
