Vivir enfocados en la meta

En el pasaje que meditamos ayer, san Pablo enfatizó que no fue la ley la que lo salvó, a pesar de que, siendo un ferviente judío, siempre la había observado estrictamente, sino el don inmerecido de la fe en Jesucristo. En los versículos siguientes vuelve a recalcarlo:

Fil 3,9-21

No mediante mi justicia, la que procede de la Ley, sino mediante la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe [busco] conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. Así pues, los que somos perfectos tengamos estos sentimientos.

Y si en algo pensáis de otro modo, también eso Dios os lo hará ver. En todo caso, mantengámonos en lo que ya hemos alcanzado. Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que caminan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque muchos -esos de quienes con frecuencia os hablaba y os hablo ahora llorando- se comportan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición, su dios el vientre, y su gloria la propia vergüenza, porque ponen el corazón en las cosas terrenas. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo vil en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas.

Como todos los cristianos, el apóstol Pablo espera la resurrección de los muertos. Es importante que nosotros no nos dejemos confundir por las afirmaciones de los falsos maestros que pretenden reinterpretar la resurrección de Cristo en un sentido meramente espiritual. En la Primera Carta a los Corintios, el Apóstol afirma claramente:

«¿Cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque, en contra de Dios, testimoniamos que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si de verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron» (1Cor 15,12-18).

A diferencia de aquellos que ponen en duda la resurrección, debemos aspirar conscientemente a ella. Esta esperanza nos motiva a asumir nuestra responsabilidad y nos despierta de toda somnolencia para no quedarnos dormidos como las cinco vírgenes necias de la parábola, que no se habían preparado lo suficiente para la llegada del Esposo (cf. Mt 25,1-13).

Pablo quiere animar a la comunidad de Filipos a seguir su ejemplo y a mantener la mirada puesta en la meta. Al mismo tiempo, es consciente de que aún no es perfecto. Pero eso no le impide lanzarse hacia la meta: «Olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta.»

Estas palabras de san Pablo nos invitan a reflexionar sobre un aspecto esencial del seguimiento de Cristo. No tiene mucho sentido obsesionarse demasiado con el pasado, pues eso nos paraliza e impide que nos centremos en la meta. Es mejor colocar todo nuestro pasado bajo la misericordia de Dios y concentrarnos en lo que tenemos por delante. A esta meta, la unificación plena con Dios, hemos de acercarnos conscientemente, día a día. Para ello, los cristianos de Filipos —y lo mismo cuenta para nosotros— necesitan modelos a seguir que hayan vivido así. Si no contamos con tales modelos en la Tierra, siempre podemos recurrir a los incontables testigos a lo largo de la historia de nuestra Iglesia Católica, cuya vida de santidad estaba enfocada en esa meta: la unión eterna con Cristo en la vida futura. La comunidad de Filipos tiene ante sus ojos el ejemplo del propio Apóstol Pablo, quien les recomienda ser sus imitadores.

Por otro lado, incluso los malos ejemplos en la comunidad, por dolorosos que sean, pueden servir, al menos, de advertencia. Se trata de aquellos que se han convertido en enemigos de Cristo.

Tras esta breve referencia a los descarriados, el Apóstol vuelve a centrarse en lo esencial. El camino de la comunidad debe estar orientado hacia el Cielo, «de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo vil en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas.»

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/consecuencias-del-pecado/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/una-leccion-para-la-vida-espiritual-2/

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