LA CERCANÍA DE DIOS NOS DEFINE

«Lo que te define es mi cercanía» (Palabra interior).

Con frecuencia, los hombres llevamos dentro el deseo de realizar cosas grandes, quizá incluso de dejar un legado importante a la posteridad.

No se trata de un deseo equivocado, siempre y cuando no sea producto de la vanidad ni sirva para desplegar nuestro poder personal. De hecho, nuestro Padre celestial nos llama a hacer cosas grandes, porque todo lo que hagamos unidos a él y por encargo suyo es grande. Así, cada día se nos presenta la oportunidad de hacer cosas verdaderamente grandes, simplemente cumpliendo su voluntad.

Cuanto más penetra en nosotros la vida divina, modelando nuestra forma de pensar y actuar, más puede Dios revelarse a nosotros y a los demás a través nuestro. Todo lo que hagamos o digamos queda imbuido de su presencia, y en ello radica el valor más profundo de nuestra persona. Es su cercanía la que nos vivifica, tanto a nosotros mismos como a los demás. Es su corazón el que late en el nuestro. Es su palabra la que transmitimos a los demás. Es su amor el que nos impregna. Es su presencia la que se refleja en nuestra vida.

En vista de esta realidad, los deseos expresados al principio pasan a un segundo plano. En efecto, lo verdaderamente grande y lo que perdurará en el tiempo ya está aconteciendo. Lo esencial ya está ahí y todo lo demás se deriva de ello. Nuestras aspiraciones cambian, porque ahora se trata de que Tú, amado Padre, habites tan profundamente en nosotros que todo lo que hagamos esté cada vez más marcado por el sello de tu amor. ¡Esto es lo grande, esto es lo que perdura! Por tanto, no necesitamos seguir reflexionando sobre qué cosas grandes podríamos lograr. Sin que nos demos cuenta, nos convertimos en lo que verdaderamente somos y, olvidándonos de nosotros mismos, recorremos el camino que Tú nos has trazado.