«Mucho se aprende en la enfermedad, siempre y cuando uno está dispuesto» (San Conrado de Parzham).
Los padres de la vida espiritual —entre quienes sin duda se puede contar al santo hermano Conrado— nos muestran una y otra vez cómo podemos avanzar en nuestro camino hacia Dios. Cuando Dios permite que nos sobrevenga una cruz —y una enfermedad es una de ellas—, se nos presenta, como personas creyentes, una oportunidad para crecer y madurar. Además de poder aprovecharla en el sentido de la expiación, especialmente por tantas ofensas cometidas contra Dios y contra los hombres, nuestro Padre quiere enseñarnos algo importante a través de la enfermedad.
Sin embargo, como subraya san Conrado, el requisito indispensable es estar dispuestos a aprender. Mientras consideremos la enfermedad únicamente como un mal que hay que erradicar cuanto antes por todos los medios a nuestro alcance, no avanzaremos en la vida espiritual. En tal caso, permanecemos atrapados en nosotros mismos y, en no pocas ocasiones, la autocompasión, las acusaciones y el descontento oscurecen nuestra alma.
Para evitar malos entendidos, conviene mencionar aquí una sugerencia de san Francisco de Sales: él recomienda que, en caso de enfermedad, nos esforcemos por curarnos recurriendo a los remedios adecuados. Pero, si eso no ocurre, debemos abandonarnos a la voluntad de Dios.
En este consejo se alude a lo esencial. Estamos llamados a aprender a aceptar la cruz de la enfermedad como venida de las manos de Dios. Solo así podrá dar buenos frutos. La enfermedad nos enseñará la paciencia, el abandono en Dios y la constatación de nuestra fragilidad cuando ya no disponemos de nuestras fuerzas naturales de la misma manera. Esto, a su vez, nos enseña a confiar aún más en el Padre celestial, porque cuando somos débiles, Él es fuerte (cf. 2Cor 12,9). Así, la cruz de cada enfermedad puede servir para profundizar en la relación con Dios, vivir de su fuerza y crecer en las virtudes.
No necesariamente nuestra naturaleza debe anhelar esta escuela de aprendizaje, pero, si nos sobreviene, nuestro espíritu debe dar este paso para que nuestra voluntad se someta a los designios de Dios.
