«Aunque tienes poca fuerza, guardaste mi palabra y no negaste mi nombre» (Ap 3,8).
Al igual que en otros pasajes de la Sagrada Escritura, se nos exhorta en esta frase del Apocalipsis a aferrarnos a la Palabra del Señor y a no negar el nombre de Jesús. Nuestro Padre lo espera de nosotros, pues guardar su Palabra significa profesar y defender nuestra fe. Por el otro lado, al confesar a Jesús, damos el buen testimonio que tanto se valora en el cielo (cf. Mt 10,32).
Hay muchas circunstancias que amenazan nuestra fe. No solo sucedía así en tiempos de los primeros cristianos y en repetidas ocasiones a lo largo de los siglos, cuando profesar la fe en Jesús podía costar incluso la vida, ya viniera la persecución de parte del sistema político (como el comunismo) o de la religión (como el islam).
También hoy en día, en una sociedad «postcristiana», aferrarse inquebrantablemente a la Palabra de Dios y profesar públicamente la fe en Jesús puede acarrear notables contrariedades. Pero es precisamente en tales circunstancias cuando nuestra fe debe demostrar su valía y se nos presenta la oportunidad de mostrar nuestro amor al Padre. Nuestra decisión de seguir al Señor se pone a prueba en las horas de tribulación y es entonces cuando debemos deshacernos de cualquier forma de respetos humanos. Para ello se necesita valentía y determinación. Esto también se aplica cuando, incluso dentro de la Iglesia, ya no se mantiene firmemente la Palabra de Dios ni se proclama inequívocamente el testimonio de Jesús como Redentor de todos los hombres.
En la Revelación de San Juan, la iglesia de Filadelfia fue elogiada por el Señor glorificado precisamente por su fidelidad. Ha demostrado su valía en tiempos de tribulación y persecución, por lo que ha salido victoriosa a los ojos de Dios y recibirá de Él la debida recompensa.
