«Nadie en todo el mundo es capaz de cambiar la verdad. Sólo una cosa podemos hacer: buscarla, encontrarla y servirla» (San Maximiliano Kolbe).
Esta frase certera de san Maximiliano nos introduce en una actitud de humildad natural. Nos muestra el camino hacia una vida fructífera en unión con Dios. Para ello hemos sido creados y nuestro Padre mismo ha sembrado en nuestro corazón la búsqueda de la verdad.
El Hijo de Dios nos dijo con palabras inequívocas que Él mismo es la verdad (Jn 14,6). El anhelo de esa verdad reside en lo más profundo de nuestro ser. Cuando la encontramos, nuestra alma respira aliviada y sabe que se halla en el camino correcto. Cuando una persona que no había conocido al Señor desde su infancia experimenta un encuentro con Él, llega para ella el momento de la decisión crucial. El alma dirá: «¡Eres Tú a quien siempre había buscado!».
San Agustín lo expresó con esas palabras tan suyas: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé».
Una vez que se ha encontrado la verdad, lo más natural es servirla como a una reina. Toda ignorancia, falsedad, engaño, error o mentira debe desaparecer, pues todo ello empaña la clara luz de la verdad. La verdad, en cambio, esclarece y endereza todo nuestro ser. Los recovecos y escondrijos del amor propio, que tanto se complace en engañarnos, se ven penetrados por su luz y ya no pueden resistir.
Así como un día nos encontraremos cara a cara con Dios y entonces ya no habrá incertidumbres ni cuestionamientos, la verdad, a la que servimos, quiere desde ya establecer su trono en nosotros. En efecto, la verdad es Dios mismo, nuestro amado Padre.
