“LOS MANDAMIENTOS SON VIDA”

«Yo amo tus preceptos, Señor, dame la vida por tu amor» (Sal 118,159).

Los santos mandamientos de Dios son vida. Al permanecer en ellos, vivimos en la gracia de nuestro Padre. Son las instrucciones que Dios, en su bondad, nos ha dado para que no sucumbamos a los torbellinos de este mundo ni seamos presa del mal. Basta con examinar uno por uno los mandamientos para reconocer la gran sabiduría que contienen. Si nuestro Padre nos ordena en primer lugar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22,37), ya nos ha comunicado lo más esencial.

El amor a nuestro Padre alinea nuestro corazón con el sentido de la existencia, pues para eso hemos sido creados. Así, descubrimos la fuente primigenia de la verdadera vida. Si respondemos cumpliendo este mandamiento, la fuente brota y se derrama en nuestro corazón, multiplicando nuestro amor. Así, este amor crece cada vez más y podemos decirle al Señor, como el salmista: «Yo amo tus preceptos».

Sería insuficiente considerar los mandamientos y las leyes del Señor solo como barreras de seguridad y protección para evitar que caigamos en la oscuridad. Son mucho más que eso, pues están inscritos en nuestro corazón. Desde el momento de la creación, nuestro Padre ha concedido a su criatura la orientación fundamental para encontrar la plenitud en Él. Como habíamos olvidado los mandamientos inscritos en nuestro corazón, Dios vino a recordárnoslos a través de las Tablas de la Ley.

En la siguiente afirmación, san Francisco de Sales nos invita a entenderlos de forma correcta: «Hay quienes consideran los mandamientos de Dios como una medicina que, inevitablemente, hay que tragar para no sucumbir a la muerte eterna, en lugar de alegrarse de que se nos haya concedido en ellos la pauta para ordenar nuestra vida según el agrado del Salvador».