“Cuando renunciamos a todo, el Señor se encarga de todo y lo guía todo. En cambio, cuando no soltamos algo de las manos porque no queremos confiárselo a Él, entonces Él nos deja, como si quisiera decirnos: ‘Si te crees tan capaz como para hacerlo sin mí, hazlo por tu cuenta. Entonces ya verás qué tan lejos llegas’” (San Francisco de Sales)
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CORAZONES QUE PUEDAN ENTENDERME
“¿Qué es lo que deseo alcanzar a través de esta “obra de amor”, si no encontrar corazones que puedan entenderme?” (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio)
Durante los últimos días, habíamos hablado en los “3 minutos para Abbá” sobre el corazón humano, que el Señor conoce hasta en sus rincones más recónditos. En el breve pasaje que hoy escuchamos del Mensaje del Padre, se nos dice que Él busca corazones que puedan entenderlo.
“YO CONOZCO TU CORAZÓN”
“Yo conozco tu corazón y sé que me amas. A fin de cuentas, esto es lo decisivo, porque el amor todo lo perdona.” (Palabra interior)
Estas palabras del Padre nos recuerdan a aquella frase de oro atribuida a San Agustín: “Ama y haz lo que quieras.”
Conforme a esta máxima, el amor es el criterio definitivo para actuar y, de por sí, conduce a la acción correcta. En consecuencia, nuestra tarea es buscar el verdadero amor, reconocerlo, beber de él y vivir en él.
NO PERDER EL ÁNIMO
“No te desanimes cuando el mal parezca triunfar. Son victorias pírricas, victorias ficticias, después de las cuales viene la derrota y la separación definitiva entre el bien y el mal” (Palabra interior).
Cuando notamos cómo el mal parece triunfar en el mundo y a nuestro alrededor, la gran tentación que nos sobreviene es la de perder el ánimo, tirar la toalla e indirectamente darle así mayor poder al mal. ¡Pero no debería ser así!
DAD GRACIAS CON ALEGRÍA
“Dad gracias con alegría al Padre que os hizo dignos de participar en la herencia de los santos en la luz” (Col 1,11c-12).
Cuando contemplamos las obras de la Creación y la obra de la Redención, nuestra mirada se eleva al Padre Celestial y nos vemos impulsados a darle gracias; más aún, a darle gracias con alegría, como nos exhorta San Pablo.
LA VICTORIA DEL AMOR
Antes de que llegue la hora de su Pasión, Jesús se dirige al Padre y le dice: “Yo te glorifiqué en la tierra habiendo terminado la obra que me diste que hiciera.” (Jn 17,4).
Jesús actúa en Nombre del Padre Celestial y nos muestra así hasta qué punto Él se preocupa por nuestra salvación, entregándonos su amor hasta el extremo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). ¡Esta es la gran obra de la Redención!
LA DELICADEZA DEL AMOR
Vivir en una íntima relación con Dios Padre, tal como Él la desea e incluso la pide, conlleva una gran responsabilidad de nuestra parte. Pensemos en los sacerdotes, a quienes les ha sido encomendado el gran tesoro de los sacramentos. Fijémonos especialmente en el más grande de ellos, el Cuerpo de Cristo presente en el Sacramento del Altar. ¿Cómo lo trata el sacerdote? ¿Con suma reverencia y respeto o con cierta indiferencia y descuido? De alguna manera, podríamos decir que el Señor se entrega en sus manos, y él, por su parte, debe tener mucha delicadeza para corresponder de forma apropiada a la confianza que se le brinda.
DIOS ME CONFORTA
“Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).
Con estas palabras, San Pablo expresa cómo en todas las situaciones de su vida apostólica encontraba una salida porque sabía afrontarlas en el Señor. Así, nos da también a nosotros el sabio consejo de confiar firme e inquebrantablemente en Dios.
EL PADRE SE DIRIGE A LA JUVENTUD
Servir a nuestro Padre Celestial significa tener parte en su amorosa preocupación por los hombres. Él no excluye a nadie de su amor. Sin embargo, el hombre mismo puede cerrarse a este amor. Precisamente esto es lo que el Padre quiere evitar, y para ello llama a sus “apóstoles” a dar auténtico testimonio de Él.
Su mirada de amor se posa hoy sobre la juventud, que fácilmente se deja engañar por falsos ideales:
EL TESORO DE DIOS EN NOSOTROS
Dios nos creó a partir de la nada. Su única motivación fue su amor por nosotros. Por ello, creó al hombre a su imagen y semejanza (Gen 1,27) y lo revistió de una gran dignidad.
Así nos lo transmite el Padre en el Mensaje a la Madre Eugenia:
“Cuando Yo creo a una persona de la nada, del polvo, del elemento de la tierra, le concedo algo muy grande; algo que procede de mí: el espíritu, el alma. Así, cuando la persona llega a este mundo, es ya muy grande, pues porta en sí misma aquel tesoro de la belleza que procede de Dios, su Padre, y que hace que esta alma sea divina.”
