“Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo” (Sal 30,5).
El salmista no se refiere aquí a la red del amor, aquella que los discípulos del Señor han de echar en el mundo para conquistar almas para el Reino de Dios (Mt 4,19).
“Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo” (Sal 30,5).
El salmista no se refiere aquí a la red del amor, aquella que los discípulos del Señor han de echar en el mundo para conquistar almas para el Reino de Dios (Mt 4,19).
“No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él” (Sal 48,17-18).
¿Qué nos llevaremos a la hora de nuestra muerte? ¿Qué podremos ofrecerle como regalo a nuestro Padre, a Aquél que es dueño de todo, que es inconmensurablemente rico y a quien nada le falta?
“No temas a la vejez; Yo soy la eternidad” (Palabra interior).
La edad puede traer sabiduría. Cuando una persona ha madurado bajo la guía de Dios, también será capaz de transmitir esta sabiduría a otras personas. El Padre mismo se hace presente en ella. La mayor sabiduría consiste en hacer todo lo que Dios nos ha encomendado en esta vida con la mirada puesta en la vida eterna.
“Así hace el que teme al Señor, el que abraza la Ley logra sabiduría” (Sir 15,1).
“Primicia de la sabiduría es el temor del Señor” –nos dice el salmo (Sal 110,10). Este precioso don del Señor quiere llevarnos a no hacer nada que pudiese ofender de una u otra manera al Señor o al prójimo, que fue creado a su imagen y semejanza (Gen 1,27). Así, nos enseña una gran vigilancia y precaución, sabiendo bien con qué facilidad se puede ofender al amor y cuán graves consecuencias puede esto acarrear.
“Mi alma está unida a ti, porque por ti, Dios mío, mi cuerpo fue lapidado” (Antífona de Laudes para la Fiesta de San Esteban).
Estas palabras habría exclamado San Esteban, expresando en ellas su gran amor al Padre. Su alma le pertenecía a Dios, quien lo había atraído tan cerca de su corazón que lo hizo dispuesto incluso a la muerte por amor a Él.
“En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios; en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1Jn 4,9).
En todas partes ha de resonar este grito sin enmudecer jamás, porque todos esperan la manifestación del Salvador: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,9).
“Quiero proteger a la juventud, como un tierno padre (…). ¡Oh, vosotros que estáis especialmente necesitados de alguien que os proteja en la vida, para que podáis evitar el mal, venid a mí! ¡Yo soy vuestro Padre, que os ama más de lo que cualquier otra criatura podrá amaros jamás!” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
¡Cuánto peligro corren los jóvenes de entregarse a falsos ideales y tomar así un rumbo errado en la vida! Todos sabemos que, debido a los medios de comunicación, el potencial de seducción ha aumentado enormemente en los tiempos modernos. Cada vez se encuentran menos estructuras familiares sanas, de modo que los jóvenes no tienen una base sólida y muchas veces tampoco cuentan con una comunidad cristiana que pueda acogerlos y darles estabilidad.
“De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida” (Sal 42,9).
Un alma atenta espera siempre al Señor y experimenta su auxilio en pleno día, cuando tiene que realizar todas las tareas que se le encomiendan. Cuando ella acoge la bondad de Dios, que la acompaña siempre como un cálido rayo del “sol que nace de lo alto”, nuesto Padre la hace capaz de todo. De este modo, cada día se convierte en una posibilidad de que Dios derrame su bondad en este mundo a través de nuestro servicio cotidiano.
“Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien también hizo el universo”(Hb 1,1-2).
Cuando se cumplió el tiempo, Dios habló de forma auténtica e incomparable por medio de su Hijo amado y nos exhortó a escucharle, según nos relata el Evangelio:
“No tengas miedo de tu debilidad. ¡Yo soy tu fuerza!” (Palabra interior).
¡Qué palabras tan acertadas! A nosotros, los hombres, nos gusta ser fuertes y sentirnos seguros; pero con cuánta frecuencia experimentamos que no lo somos. A veces incluso tenemos la impresión de que todo se derrumba bajo nuestros pies. Parecería que nada puede deterner a este mundo para saltar de una catástrofe a otra. Las realidades políticas, sociales e incluso eclesiásticas se tambalean, y el hombre, en su debilidad, se siente impotente frente a todo ello.