“La enseñanza del Señor es perfecta, es descanso del alma” (Sal 19,7).
La enseñanza del Señor, que procede de su sabiduría, es sin mancha ni defecto. Así como el buen alimento fortalece nuestro cuerpo y el agua lo vigoriza, así nuestra alma se robustece con la Palabra de Dios y se dirige hacia su meta.
