LA PRIMERA PALABRA AL DESPERTAR

Cuando despierto en la mañana, Tú, Padre, ya estás ahí, y toda la noche has velado sobre mí. Entonces esperas que me dirija a Ti y que mi primera palabra te sea consagrada a Ti. ¡Sí, Padre, de buena gana y con alegría lo haré! Pero a veces lo olvido y me dejo llevar por los estados de ánimo. ¡Qué lástima!

Cuán importante es esta primera palabra: ¡el saludo a Ti! Ella me coloca en la verdad del ser, pues ¿quién en el orden de la Creación redimida no te saludaría?

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LA GLORIA DE JESÚS ES TAMBIÉN LA GLORIA DEL PADRE

Cuanto más amemos a Jesús, más amaremos a nuestro Padre Celestial, quien lo envió al mundo. Todo lo que hacemos para gloria y honra del Hijo de Dios, glorifica también a Aquel de quien Él procede. A través de Jesús, llegamos al Padre (cf. Jn 14,6).

Sin embargo, el Padre desea ser honrado con una Fiesta y un culto propios, aun más allá de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. En el Mensaje a la Madre Eugenia, Él expresa este deseo que le es tan importante:

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EL MAYOR REGALO DE DIOS

¡Qué gran misericordia tuviste hacia nosotros al enviarnos a tu Hijo Jesús! Con incomparable amor posaste tu mirada sobre nosotros, que tantas veces huimos de ti o incluso nos volvemos en contra tuya, que te ofendemos con nuestros pecados o simplemente te olvidamos. Tú, en cambio, estás siempre presente y nos miras con amor. Te preocupas atentamente por nosotros, porque no quieres que llevemos una vida sin sentido, ni mucho menos que nos perdamos para siempre.

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EL CIELO DE DIOS

“Vuestro cielo, criaturas mías, está en el Paraíso, con mis elegidos, porque será ahí, en el cielo, donde me contemplaréis en una visión perenne y gozaréis de una gloria eterna. Mi cielo, en cambio, está en la tierra con todos vosotros, oh hombres. Sí, es en la tierra y en vuestras almas donde busco mi felicidad y mi alegría. Vosotros podéis darme esta alegría; e incluso es un deber para con vuestro Creador y Padre, que desea y espera esto de vosotros” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

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“ME SIENTO TRANQUILO” 

“Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo” (Sal 26,3).

Nuestro Padre no nos exonera del combate en que estamos inmersos los hombres mientras dure nuestra vida terrena. Pero, eso sí, nos cubre las espaldas. Nadie que quiera recorrer el camino de la santidad, al que todos estamos llamados, podrá sustraerse de este combate. Si lo evade, de antemano está perdida la batalla.

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LA ALEGRÍA DEL PADRE AL ESTAR ENTRE NOSOTROS 

“Mi alegría al estar entre vosotros no es menor a la que experimentaba cuando estaba junto a mi Hijo Jesús durante su vida terrenal” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre no se cansa de expresarnos de mil maneras su amor, hasta que finalmente creamos en él y correspondamos a su amor.

¿Podría acaso hacernos una declaración de amor más hermosa que la de decirnos que su alegría al estar con nosotros es igual a la que experimentaba cuando estaba junto a su amadísimo Hijo?

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“CON MI DIOS ASALTO LA MURALLA”

“Fiado en ti, fuerzo el cerco,
con mi Dios asalto la muralla”
(Sal 17,30).

Nuestro Padre nos da la valentía de hacer grandes cosas con Él. No pocas veces se levantan “cercos y murallas” en el camino de seguimiento del Señor, que quieren desanimarnos: obstáculos que parecen insuperables, una dificultad tras otra, contrariedades y quizá incluso enemistades concretas.

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UN CORAZÓN ABIERTO

“Nada es imposible para mí, y cuando encuentro un corazón abierto, quiero entregarle todo” (Palabra interior).

Para nuestro Padre es un gran tesoro encontrar un corazón abierto. A éste puede concederle todo, sin retener nada de lo que ha dispuesto para él en su amor. Un corazón abierto es una gran alegría para Él.

Ciertamente lo hemos experimentado también a nivel humano, cuando nos encontramos con alguien que tiene el corazón abierto hacia nosotros. ¡Qué fácil resulta establecer una comunión fructífera con una persona tal!

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