EL DON DE PIEDAD

“Quiero mostraros cómo vengo a vosotros por medio de mi Espíritu Santo” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio). 

Si a través del don del temor de Dios, el Espíritu Santo –que el Padre nos envía para ser nuestro Maestro interior– despierta en nosotros una gran atención para evitar todo aquello que pudiese desagradarle; a través del don de piedad Él acrecienta nuestro amor a nuestro Padre Celestial. Este don nos mueve a hacer y procurar todo aquello que podría agradar a nuestro Padre. Así, el espíritu de piedad es el que conquista el Corazón de nuestro Padre, por así decir, en cuanto que nos hace fervorosos para cumplir la Voluntad de Dios en todas las cosas. ¿Cómo podría resistirse nuestro Padre, siendo así que de esta forma empieza a desplegarse la relación de amor entre Él y sus hijos, y éstos llegan a conocer cada vez mejor su amor?

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EL DON DEL TEMOR DE DIOS

“Quiero mostraros cómo vengo a vosotros por medio de mi Espíritu Santo” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

En el Mensaje a la Madre Eugenia, nuestro Padre habla de cómo, por medio de la inhabitación del Espíritu Santo en las almas que están en estado de gracia, Él establece en ellas su Trono para morar siempre ahí como un Padre lleno de amor.

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EL CONSEJO DIVINO

“Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente” (Sal 15,7).

De muchas maneras nos habla nuestro Padre y a nadie deja sin instrucción. En efecto, ¿cómo podría hacerlo? ¿Qué padre se negaría a dar un consejo a su hijo cuando éste se lo pide? ¡Cuánto más nuestro Padre Celestial nos aconsejará de las más diversas formas! Siempre tendremos a disposición su consejo divino, si tan sólo lo buscamos.

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LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

“¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder?” (Sal 8,5).

A nosotros, los hombres, no nos resulta fácil mirarnos a nosotros mismos y a los demás con los ojos de nuestro amoroso Padre, aunque hagamos un esfuerzo. En efecto, si no somos ciegos frente a nuestros defectos y carencias, si reconocemos la miseria moral que a menudo nos rodea, podríamos cuestionarnos cómo es posible que Dios nos ame tanto y no se rinda nunca en su intento de conquistarnos.

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“AUNQUE CAMINE POR CAÑADAS OSCURAS…” 

“Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 23,4).

Los caminos que tenemos que recorrer no siempre nos resultan claros y evidentes. Tanto en este mundo marcado por el pecado como también en nuestra vida personal y en el camino espiritual existen esas “cañadas oscuras” de las que habla el salmista. Pero nuestro Padre nunca nos deja desamparados si levantamos los ojos a Él. La fe y la confianza que se deriva de ella nos ayudan a no desanimarnos.

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LA FELICIDAD DEL PADRE EN NUESTRA ALMA

“En cuanto a las almas que viven en justicia y en la gracia santificante, mi felicidad está en morar en ellas. Yo me entrego a ellas. Les confío el uso de mi poder, y en mi amor ellas encuentran un anticipo del Paraíso; en mí, su Padre y su Salvador”(Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

 ¿No es reconfortante escuchar a alguien diciéndote que te ama, y que además lo dice en serio y realmente es capaz de amar? ¡Cuánto más maravilloso si el que nos declara su amor es Dios Padre mismo, que incluso nos asegura que su felicidad es estar junto a nosotros!

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“EL AMOR POR MIS CRIATURAS” 

“El amor por mis criaturas es tan grande, que no experimento ninguna alegría como la de estar en medio de los hombres.” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio)

En un principio, ciertamente estas palabras nos resultan sorprendentes. Si no permanecemos con los ojos cerrados frente a nuestra propia miseria y nos conocemos un poco a nosotros mismos y a otras personas, si echamos una ojeada a la historia y escuchamos los relatos de la Sagrada Escritura, fácilmente surgirá en nosotros la pregunta: “Señor, ¿qué es lo que encuentras en nosotros para que te complazca tanto estar en medio nuestro?”

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“VENDRÉ MUY CERCA A VOSOTROS”

 “Mi presencia entre vosotros es como el sol en el mundo. Si estáis bien dispuestos a recibirme, vendré muy cerca a vosotros, entraré en vosotros, os iluminaré, os calentaré con mi amor infinito.” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio) 

A nivel natural, el sol nos da luz y calor, despertándonos a la vida. Es un maravilloso regalo de Dios. El Padre se vale de este ejemplo para compararlo con su presencia y su obra en medio de nosotros.

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LETRAS DORADAS EN EL ALMA

“¡Oh, Señor! Si tan sólo pudiera trazarte en mi corazón, grabarte en lo más íntimo de mi corazón y de mi alma con letras doradas, para que nunca te borraras” (Beato Enrique Suso).

Ciertamente nuestro Padre le cumplió este deseo al Beato Enrique Suso. ¿Cómo podría resistirse a una petición tan sincera de su amor? En efecto, nada le agrada tanto a nuestro Padre como vernos buscándolo con ese ardiente anhelo que Él mismo sembró en nosotros.

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