“YO SOY QUIEN TE CONSUELA”

«Yo, yo soy quien te consuela» (Is 51,12).

Cuánto desea nuestro Padre que entendamos esto, pues ¿quién sino Él podría brindarnos un consuelo que llegue hasta esas profundidades que ni nosotros mismos ni ningún ser humano podemos sondear?

¿No nos encontraremos ante Él en la hora de nuestra muerte, solo Él y yo? ¿No veremos toda nuestra vida bajo su luz y con sus ojos? ¿No será entonces un infinito consuelo poder decirle a nuestro Padre: «Hemos confiado en ti, hemos buscado solo tu consuelo y hemos intentado seguir tus caminos»? El hecho de verle será nuestro consuelo y entonces reconoceremos cuánto nos ha amado y que nunca se ha apartado de nuestro lado.

Pero nuestro Padre celestial quiere hacernos partícipes de este consuelo ya durante nuestra vida terrenal: es el consuelo que nos otorga la seguridad de su amor, incluso y precisamente cuando la vida nos sacude de una u otra forma.

Aprenderemos que todo consuelo que nos proporcionamos a nosotros mismos deja vacía nuestra alma, mientras que cada vez que esperamos solo el consuelo del Señor, nos acercamos más a Él.

Forma parte del «amor celoso» de nuestro Dios el hecho de que Él mismo quiera ser nuestro consuelo. No se trata de que no quiera vernos experimentando ningún otro consuelo, sino de que nuestro Padre sabe que solo Él puede consolar nuestra alma de tal manera que quede sanada y fortalecida en cada encuentro con Él. Por tanto, es su amor el que desea lo mejor para nosotros y, por eso, nos lo ofrece Él mismo, para que no busquemos consuelo en ninguna otra parte.

La cita que escuchamos al inicio del Libro de Isaías continúa así:

«Yo, yo soy quien te consuela. ¿Por qué tienes miedo del mortal y del hijo del hombre, que se marchita como el heno?» (Is 51,12).