«No tengo nada más que dar, sino lo que Tú mismo me has dado» (Santa Catalina de Siena).
Si asimilamos estas palabras en lo más profundo de nuestro ser, despertaremos a la dichosa realidad de nuestra vida y aprenderemos la actitud de amorosa humildad. Todo lo que tenemos nos ha sido dado y confiado por nuestro Padre celestial. Es su viña a la que hemos sido llamados y Él nos provee de todo lo necesario para que seamos buenos obreros. Todo lo inflado, egocéntrico, vanidoso y orgulloso no es más que una máscara que, no pocas veces, representa una caricatura de lo que en realidad somos.
En contraste con esta parodia, ¡qué sencilla resulta la afirmación de la santa! Ella sabe que todo se lo debe al Padre Celestial, quien, en su amor, naturalmente la colma de todo lo bueno. Con los dones que Él mismo le ha concedido, santa Catalina lo glorifica y le sirve. En ello consiste su dicha y su realización. Nunca olvidará que los dones proceden de Dios y, por tanto, no los utilizará como si fueran producto de su propio poder. Así, se cuidará de cometer una especie de «robo espiritual», atribuyéndose los dones como si fuera dueña de un bien ajeno.
Nuestro Padre nos lo ha puesto fácil. Cuanto más comprendamos que todo procede de su amor, más natural se volverá nuestra vida. Nuestros ojos se abrirán y descubriremos la bondad y la sabiduría de nuestro Padre por doquier. Así, nuestra vida se convierte en una acción de gracias y tomamos cada vez más conciencia de que somos los receptores y los agasajados, pues toda buena dádiva proviene del Padre de las luces (St 1,17). Entonces nos quedamos en silencio y simplemente le adoramos.
