«A veces, el dolor es más provechoso para el hombre que la salud, la tensión más útil que el descanso y la reprensión más beneficiosa que la condescendencia. Así, los días buenos no han de llevarnos a la arrogancia ni la adversidad al desánimo y al derrumbe» (San Gregorio Nacianceno).
No siempre nos resulta fácil aprender esta lección, pues nuestra naturaleza prefiere el camino fácil y sin complicaciones para alcanzar la meta, y las adversidades no parecen encajar en él. De hecho, tales dificultades no formaban parte del plan originario de Dios para el hombre, pero la vida fuera del paraíso las ha traído consigo como consecuencia. Las sombras de la muerte nos rodean por todas partes y nuestro Padre no las ha eliminado, sino que, en su sabiduría, ha querido servirse de ellas en nuestro camino hacia la eternidad.
Sin embargo, es necesario que, por nuestra parte, afiancemos la confianza en Dios y superemos ciertos miedos, acusaciones interiores y diversas dificultades del cuerpo y del alma que, a veces, van de la mano. Así, obtendremos una mayor fortaleza espiritual, ya que, en lugar de dejarnos hundir por ellas, buscaremos ayuda en nuestro Padre. A través de estas adversidades, Él guía nuestra vida para que sirvan a su propósito con nosotros. A menudo solo lo constatamos cuando la tormenta ha pasado. Pero de cada experiencia deberíamos aprender, de modo que se nos vuelva cada vez más fácil realizar esos actos de fe tan necesarios en las circunstancias adversas.
Ahora bien, Dios no solo permite las aflicciones para nuestra formación espiritual, sino también para que permanezcamos cerca de Él. Así, san Gregorio señala que, cuando todo va bien, se puede caer en la tentación de olvidar a Dios o incluso menospreciarlo.
«Porque un alma afligida está cerca de Dios, y la necesidad le conduce a aquel que puede dar y ayudar, pero que sin duda sería menospreciado si ayudara siempre y sin límites».
