“LAS VIRTUDES MORALES”

 

«No se debe creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo puedan penetrar en una persona que no practica la virtud» (Juan Taulero).

Se denomina “virtudes morales” a aquellas que ordenan nuestra conducta de tal manera que sea agradable a Dios. Todas las virtudes cristianas son de este tipo. Las virtudes morales se distinguen de las teologales principalmente en que el objeto inmediato de las primeras no es Dios mismo, sino nuestro comportamiento moral y el cumplimiento de los deberes que la Ley Divina nos impone, ya sea que éstos se refieran directamente a Dios, al prójimo o a nosotros mismos. Se habla de virtudes cristianas adquiridas cuando esa capacidad sobrenatural de hacer el bien se ha convertido en un buen hábito, de modo que la practicamos con cierta facilidad.

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“LAS VIRTUDES MORALES”

 

«No se debe creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo puedan penetrar en una persona que no practica la virtud» (Juan Taulero).

Se denomina “virtudes morales” a aquellas que ordenan nuestra conducta de tal manera que sea agradable a Dios. Todas las virtudes cristianas son de este tipo. Las virtudes morales se distinguen de las teologales principalmente en que el objeto inmediato de las primeras no es Dios mismo, sino nuestro comportamiento moral y el cumplimiento de los deberes que la Ley Divina nos impone, ya sea que éstos se refieran directamente a Dios, al prójimo o a nosotros mismos. Se habla de virtudes cristianas adquiridas cuando esa capacidad sobrenatural de hacer el bien se ha convertido en un buen hábito, de modo que la practicamos con cierta facilidad.

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“LAS VIRTUDES TEOLOGALES (I)”

«No se debe creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo puedan penetrar en una persona que no practica la virtud» (Juan Taulero).

La inhabitación de Dios en nuestra alma tiene condiciones. La primera es que vivamos en estado de gracia y permanezcamos vigilantes para no perderlo, y que acudamos inmediatamente al Trono de la Gracia en caso de que cayéramos, para reconciliarnos con nuestro Padre.

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“DEJAR QUE DIOS ACTÚE Y NOS HABLE”

«Lo mejor y lo más maravilloso que puedes lograr en esta vida es callar y dejar que sea Dios quien actúe y hable» (Maestro Eckhart).

El silencio tiene un valor y una grandeza en sí mismo, siempre y cuando no sea esa mudez que puede surgir del miedo y los respetos humanos. Al saber callar, sustrayéndonos a la tendencia a comunicarlo y comentarlo todo, aprendemos a aceptar las circunstancias dadas, a ponderarlas más profundamente y a afrontarlas con mayor reflexión previa. Así, escapamos del dinamismo de un mundo acelerado, que trae consigo demasiada inquietud y una lógica de «acción-reacción» en la que se actúa con precipitación.

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“TODO POR AMOR A DIOS”

«Todo el bien que hagamos hemos de hacerlo por amor a Dios, y el mal que evitemos, evitarlo por amor a Dios» (San Francisco de Asís).

San Francisco nos da un excelente consejo para la vida espiritual. Solo cuando sea ésta nuestra motivación en ambas cosas, el bien que hagamos y el mal que evitemos adquirirán todo el esplendor de la verdad. Entonces constataremos más fácilmente que fue la gracia de Dios la que nos sostuvo y no nos centraremos tanto en nosotros mismos y en nuestros «rendimientos». No siempre es fácil, sobre todo cuando recibimos elogios de otras personas por el bien que hemos hecho o cuando nos complacemos en ser una especie de «benefactores de la humanidad», lo cual puede ser una sutil tentación.

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“COMPÁRTEME LO QUE LLEVAS EN EL CORAZÓN”

«Tú eres mi hijo. Pregúntame con confianza y compárteme lo que llevas en el corazón» (Palabra interior).

Sin duda, nuestro Padre sabe lo que llevamos en el corazón, aunque apenas se manifieste tímidamente. También conoce todas nuestras inquietudes: “De lejos penetras mis pensamientos (…). No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda” (Sal 138,2.4).

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“SANTA TRISTEZA”

«Vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20).

Conocemos estas palabras del Evangelio según San Juan, que Jesús dirigió a sus discípulos en vistas de su retorno al Padre Celestial. Antes les había dicho: «Dentro de poco ya no me veréis, y después me volveréis a ver» (Jn 16,16). Jesús, por su parte, está lleno de alegría por volver a su Padre y por haber cumplido su misión en la tierra.

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EL SEÑOR NOS ESPERA

«¡Sólo tenéis que venir a mí! ¡Yo estoy tan cerca de vosotros!» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Así de fácil nos lo pone nuestro Padre para llegar a Él: una sola elevación del corazón, una palabra confiada, una mirada hacia lo alto, una pregunta a Él: “¿dónde estás?”, “¿quién eres?”

Una persona le había dirigido la siguiente oración cuando aún vivía lejos de Él: «Dios, si existes, muéstrate a mí de tal manera que pueda comprenderte». Otra persona preguntó: «¿Existe la verdad?». Otra: «¿Existe el verdadero amor?»

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