“ABUNDANTE FRUTO”

«Cuanto más habites en mi corazón y yo en el tuyo, más abundante fruto darás» (Palabra interior).

¿Queremos que nuestra vida produzca abundante fruto, un fruto que permanezca para la vida eterna? En la frase de hoy se nos muestra una manera, pues el Padre celestial nos ofrece su propio corazón para hacernos fructíferos. No se trata de un camino difícil que exija indecibles esfuerzos por nuestra parte. Antes bien, es el sencillo camino del amor, una íntima comunión con nuestro Padre.

Como resultado, el fruto crecerá y madurará en abundancia, pues Dios mismo lo hará surgir (cf. Mc 4,26-29).

Todo lo que nuestro Padre toca cobra vida a través de su amor. Nosotros mismos hemos sido creados a su imagen y semejanza. Cuando recordamos esto con amor, nuestro corazón se abre a la presencia de Dios y la descubrimos por todas partes. Así, la gratitud se convierte en la clave para reconocer al Padre, y nuestro corazón se regocija con el hecho de existir. En estas circunstancias, a nuestro Padre le resulta fácil establecer su morada en nuestro corazón. Sabe que allí es bienvenido.

Y nosotros, por nuestra parte, nos esforzamos con fervor por ofrecerle una morada limpia, y bajo la guía del Espíritu Santo, todos los rincones de nuestro corazón son purificados por el amor. El corazón de nuestro Padre se ha inclinado hacia nosotros y ha atraído el nuestro hacia sí. Así, no solo Él habita en nuestro corazón, sino que también nosotros tenemos libre acceso al suyo. Nos establecemos en el lugar que Él nos tenía preparado desde toda la eternidad. Ahora, todo estará sostenido por este amor mutuo y su fruto perdurará, tal y como nos asegura Jesús: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5).