«Conviene que te alegres, hijo, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32).
Estas palabras del padre en la parábola del hijo pródigo van dirigidas al hermano mayor, que se había quedado en casa sirviéndole. Sabemos que le costaba entender la alegría de su padre y la fiesta que había empezado para celebrar el regreso del hijo menor, algo que nunca se había hecho por él, que había permanecido fiel. Se le venía a la mente cómo su hermano había malgastado toda su herencia con frivolidad y, por tanto, no quería participar en el festejo por su retorno.
Sin duda, lo comprendería mejor si escuchara atentamente las palabras de su padre. Vivir alejado de Dios y en pecado es como estar muerto. La verdadera vida se marchita, esa vida que el Padre celestial ha dispuesto para cada persona. La alegría y la paz interior no pueden florecer. Esta miserable condición, que algunas personas apenas perciben, las priva de la dignidad de su filiación divina y solo vuelve a despertar cuando se convierten y retornan a Dios.
Así, el padre estaba dispuesto a devolver al hijo pródigo su dignidad de hijo. Eso debía ser motivo de alegría para todos, incluido el hermano mayor, que aún no comprendía del todo ese amor. En esta maravillosa parábola, el padre también se preocupa por ese hijo suyo que se siente tratado injustamente y le dice: «Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31).
Eso es lo que el hijo fiel debía comprender. Él nunca abandonó a su padre y siempre vivió bajo su protección. Así, quedó a salvo de muchos males. Ahora debe alegrarse de que su hermano, que estaba perdido, haya sido encontrado y haya vuelto a casa.
