“DIOS NO OBLIGA A NADIE”

«Dios no obliga a nadie. Él acepta lo que uno le da, pero solo se entrega por completo a quien se entrega por completo a Él» (Santa Teresa de Ávila).

En nuestro camino de seguimiento, debemos asimilar profundamente esta verdad que Santa Teresa de Ávila describe con tanto acierto: Dios nunca nos coacciona. La santa hace alusión al gran respeto que nuestro Padre tiene hacia la libertad humana. De hecho, Él mismo nos la ha concedido como un gran don de su amor, distinguiéndonos así de las criaturas irracionales.

Desde el punto de vista del amor, estas palabras cobran todo su sentido. Estamos llamados a una relación de amor con Dios y el amor requiere libertad para ser verdadero. Y este mismo amor nos insta a una entrega total a nuestro Padre. Ciertamente, podemos darle algo a Dios, e incluso podemos ofrecerle muchas cosas: nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra buena voluntad, el servicio al prójimo, etc. Sin duda, nuestro Padre aceptará gustosamente lo que le ofrezcamos y nos lo retribuirá con su incomparable generosidad. Sin embargo, su amor divino nos invita constantemente a entregarle todo nuestro ser, nuestro corazón. Esa es, en efecto, la meta de todo camino espiritual auténtico: la unificación con Dios, que es el fin al que tiende el amor.

Por parte de nuestro Padre, la entrega ya se ha consumado y se ha manifestado visiblemente en la muerte expiatoria de su Hijo por la salvación de todos los hombres. Así nos lo transmite la Sagrada Escritura de diversas maneras. Ahora bien, este acto de amor infinito solo puede hacerse plenamente eficaz en nosotros si le entregamos todo nuestro corazón a Dios, es decir, si nos donamos por completo a Él. Por eso, el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones (Rom 5,5), no se cansa de atraernos con su benignidad divina, de llamarnos, de fortalecernos y de invitarnos sin cesar hasta que nos hayamos rendido por completo al amor de Dios.