Una hermosa flor en el Corazón de nuestro Padre es su misericordia. Con ella, y no con una inflexible severidad, quiere juzgar al mundo. La misericordia es su motivación insuperable para estar siempre pendiente y salir una y otra vez en busca de los hombres, para que se abran a su amor. En el Mensaje a la Madre Eugenia, nos dice:
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“QUE TODOS SEAN UNO”
En realidad, uno pensaría que en todas aquellas partes del mundo que han sido bendecidas con el anuncio de la fe cristiana, así como las regiones marcadas por el judaísmo y aquellas otras donde se tiene conocimiento de las escrituras del Antiguo Testamento, se debería reconocer a Dios como amoroso Padre.
INFLUIR EN LOS TIEMPOS DE DIOS
“El tiempo está en mis manos, pero con tu fervor y amor puedes influir en él” (Palabra interior).
Podemos tomarlo como una invitación de Dios de que incluso podemos cooperar en la historia de la salvación, pues los tiempos de su actuación salvífica no son estáticos e inamovibles.
EL FERVOR DE LOS JUSTOS
Cuando acogemos e interiorizamos el amor de nuestro Padre Celestial, cuando Dios mismo habita en nosotros y su Espíritu Santo nos transforma, entonces llegamos a conocer más y más el corazón de nuestro Padre. Muy pronto notaremos que le urge dar a conocer a todos los hombres su amor.
LA DULZURA DE LAS AGUAS SANADORAS
“Saboread la dulzura de estas aguas sanadoras, y cuando hayáis sentido cómo toda su deleitable fuerza se derrama sobre vuestras almas, saciando todas vuestras necesidades, venid y sumergíos en el Océano de mi misericordia, para que en adelante viváis sólo en mí, olvidándoos a vosotros mismos para vivir en mí por toda la eternidad” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
EL SEÑOR ES BUENO
“El Señor es (…) bondadoso en todas sus acciones” (Sal 114,13b); el Señor es el Bueno por excelencia.
Al que se dirigió a Jesús llamándolo “Maestro bueno”, Él le contestó: “Nadie es bueno sino uno solo: Dios” (Mc 10,18).
Del Corazón de Dios brota esta bondad, que es su esencia y quiere darse a conocer a todos los hombres.
EL VERDADERO ORO
En nuestro camino de seguimiento de Cristo, una y otra vez tenemos que lidiar con nuestras debilidades. Muchas veces no logramos vencerlas como quisiéramos y, a pesar de nuestros sinceros esfuerzos, terminan imponiéndose. A veces caemos en el pecado, y entonces pueden incluso surgir sentimientos de desesperación porque simplemente no somos capaces de resistir a las tentaciones.
“NO SON MUCHOS LOS QUE ME PRESTAN OÍDO”
“Es una alegría para mí hablar contigo. No son muchos los que me prestan oído y con los que puedo dialogar” (Palabra interior).
No pocas veces, nosotros, los hombres, estamos en busca de alguien con quien hablar, alguien que sepa escucharnos y que se interese por nuestras preocupaciones… ¡Cuán felices somos cuando lo encontramos! Esa persona puede fácilmente convertirse en nuestro amigo y confidente. Este anhelo nuestro se hace realidad de forma especial cuando nos dirigimos a nuestro Padre Celestial, de quien podemos estar seguros que nos comprende y siempre tiene tiempo para escucharnos. Entonces el Padre se nos convierte en amigo y confidente.
“PERMANECED EN MI AMOR”
“Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor” (Jn 15,9).
El Señor Jesús nos muestra aquí la jerarquía correcta del amor. Éste procede del Padre y se nos ofrece en su Hijo:“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16).
“EL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL SEÑOR SE SALVARÁ”
“Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” –atestigua la Sagrada Escritura (Rom 10,13).
Tal vez no siempre entendemos inmediatamente que sea tan fácil salvarse… En efecto, conocemos también aquellas otras afirmaciones de la Escritura sobre el camino angosto que conduce a la vida eterna y la puerta amplia que lleva a la perdición, y el Señor advierte que “son muchos los que entran por ella” (Mt 7,13).
