EL HIJO REVELA AL PADRE

Seguimos meditando detalladamente el capítulo 17 de San Juan, que es expresión eminente de la profunda relación entre el Padre y el Hijo. Alzando los ojos al cielo, Jesús dijo a su Padre:

“He manifestado tu Nombre a los hombres que del mundo me diste. Eran tuyos y me los diste, y han guardado tu palabra” (Jn 17,6).

Es el Hijo de Dios quien nos revela el Nombre del Padre, quien nos lo da a conocer y nos muestra su bondad, pues “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo” (Mt 11,27b).

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LA GLORIA DE JESÚS

“Glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17,4).

Para Jesús ha llegado la hora de volver al Padre. Ha cumplido su misión y ha dejado a los suyos todo lo que necesitan para avanzar hacia la eternidad y llegar a la morada eterna que Él les prepara en la Casa de su Padre (cf. Jn 14,2-3).

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LA VICTORIA DEL AMOR

Seguimos meditando el capítulo 17 del evangelio de San Juan. Antes de que llegue la hora de su Pasión, Jesús se dirige al Padre y le dice: “Yo te glorifiqué en la tierra habiendo terminado la obra que me diste que hiciera.” (Jn 17,4).

Jesús actúa en Nombre del Padre Celestial y nos muestra así hasta qué punto Él se preocupa por nuestra salvación, entregándonos su amor hasta el extremo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). ¡Esta es la gran obra de la Redención!

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LA VIDA ETERNA

Alzando sus ojos al cielo, Jesús dijo: “Padre, glorifica a tu Hijo (…), por cuanto le diste autoridad sobre todo ser humano, para que Él dé vida eterna a todos los que Le has dado. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Jn 17,2-3)

El Padre le ha dado a su Hijo el poder sobre todo ser humano. Sabemos de qué tipo de poder se trata: es el “poder del amor”. Cuando los fieles doblan sus rodillas ante Jesús, se postran ante un Rey que dio su vida por ellos y obtuvo así poder sobre sus corazones. Más que servir al Señor por temor a su majestad, nos adherimos a Él con gran amor.

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LA GLORIFICACIÓN DE DIOS

A lo largo de los próximos días, meditaremos detalladamente el capítulo 17 de San Juan, que es expresión suprema de la profunda relación entre el Padre y el Hijo.

“Jesús dijo: ‘Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti’” (Jn 17,1b).

Así como el Padre quiere ser glorificado a través del Hijo, también quiere Él mismo glorificar al Hijo:

“Glorifícame Tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17,5).

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NOVENA A DIOS PADRE

Entre el 29 de julio y el 6 de agosto estaremos realizando una novena en preparación a la Fiesta de Dios Padre, que, aunque aún no haya sido oficialmente establecida por la Iglesia, celebramos por lo menos de forma privada cada 7 de agosto, conforme al pedido expresado por el Padre mismo en el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio. Durante estos nueve días, estas meditaciones vendrían a reemplazar los “3 minutos para Abbá”. 

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MÁS BRILLANTE QUE MIL SOLES

“Jesús dijo: ‘Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti’” (Jn 17,1).

La hora de Jesús… Es la hora oscura en la que Jesús muestra hasta el extremo su amor al Padre.

Es la hora oscura en la que Jesús busca consuelo en sus discípulos en el huerto de Getsemaní, pero no lo encuentra (Mt 26,36-46).

Es la hora oscura en la que Jesús da su sí definitivo a la voluntad del Padre (Mt 26,42).

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EL QUE ME VE A MÍ, VE AL PADRE

Aún no podemos contemplar a Dios cara a cara. La visión beatífica nos está reservada para la eternidad y será una dicha sin fin. Sin embargo, ya antes nuestro Padre se da a entender de muchas maneras y, de forma insuperable, se manifiesta en su propio Hijo: “El que me a mí, ve al Padre” (Jn 14,9)

Cuando escuchamos la palabra de Jesús y la movemos en nuestro corazón como su Madre María (cf. Lc 2,19); cuando nos sentamos a sus pies como María, la hermana de Marta (Lc 10,39); cuando comemos su Carne y su Sangre en la Santa Comunión; cuando seguimos la voz del Espíritu, enviado por el Padre y el Hijo, quien nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (cf. Jn 14,26); cuando ponemos en práctica las obras del Señor, entonces nos encontramos con Dios, nuestro Padre. Todo lo que hacemos con la mirada puesta en Jesús nos concede una íntima comunión con nuestro Creador.

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LA LLAMA DEL AMOR PATERNAL

En el Mensaje a la Madre Eugenia, el Padre expresa un profundo deseo suyo:

“Que Mis sacerdotes se dirijan sin temor a todas partes, a todas las naciones, llevando a los hombres la llama de Mi amor paternal. Entonces, las almas serán iluminadas y conquistadas; no solamente de entre los infieles, sino también de todas las sectas que no hacen parte de la verdadera Iglesia. Sí, que estos hombres, que son también hijos Míos, vean brillar esta llama ante ellos; que conozcan la verdad, que la abracen y practiquen todas las virtudes cristianas.”

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