“Si digo: ‘que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138,8).
No hay nada que no pueda ser iluminado por la luz de Dios.
“Si digo: ‘que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138,8).
No hay nada que no pueda ser iluminado por la luz de Dios.
“’Todo está consumado.’ E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30).
Hoy, junto con el Padre Celestial y todos los fieles, nuestra mirada se posa en la Cruz de la que pendió el amado Hijo. Allí, en la Cruz erigida sobre el Calvario, fue quebrantado el poder del mal por el amor manifiesto de Dios. Es el Padre quien nos concede la verdadera vida a través del sacrificio de su Hijo; una nueva vida, que ya no tiene que esconderse de Dios a causa de sus culpas. “Él mismo cargó nuestros pecados en su cuerpo” (1Pe 2,24), y hemos sido liberados. ¡Hoy es el gran viernes, el viernes santo! Dios, el Bueno, todo lo ha hecho bien (cf. Mc 7,37).
“¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36).
Estas palabras de Jesús han quedado profundamente marcadas en todos aquellos que han sabido aceptar un sufrimiento de manos del Padre. No es fácil reconocer en ellos su amor paternal, menos aún cuando se trata de sufrimientos que no hemos atraído por nuestra propia culpa. La persona puede encontrarse sumida en una profunda oscuridad y sólo la fe desnuda le ayuda a atravesar aquella situación: la fe en el amor del Padre.
“Yo vivo cerca del hombre (…). Yo veo sus necesidades, sus penas, todos sus deseos; y mi mayor felicidad está en ayudarle y salvarlo” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Hoy nos fijamos en otro aspecto que hace feliz al Padre. Hace dos días habíamos meditado su alegría al estar entre nosotros; hoy consideramos su felicidad tierna y paternal al asistirnos en todas las situaciones, al hacernos bien y cuidar de los que ama.
“Entrégame todo lo que quiere agobiarte. Yo soy tu Padre” (Palabra interior).
El Padre nos invita a entregarle constantemente las sombras que se ciernen sobre nuestra alma, queriendo agobiarla y –de ser posible– llevarla al desánimo. Ciertamente no se refiere a aquella noble tristeza que podemos sentir, por ejemplo, ante nuestros pecados o por la muerte de un ser querido. Se trata más bien de aquel vicio que los padres del desierto llamaban “tristitia”. Ellos incluso veían en ella a un demonio, que se apodera de los sentimientos melancólicos o incluso los provoca.
“Mi alegría al estar entre vosotros no es menor a la que experimentaba cuando estaba junto a mi Hijo Jesús durante su vida terrenal” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
¡Qué afirmación de nuestro Padre! Él nos introduce en el misterio de su amor a tal punto que apenas podemos captarlo. ¿Podría haber un amor más grande que el del Padre por su Hijo Unigénito, quien le fue obediente hasta la muerte (Fil 2,8), en quien halló su complacencia y a quien nos mandó que escucháramos (Mt 3,17)? ¡El Señor nos introduce y nos hace partícipes del amor intratrinitario!
“Tengo la profunda confianza en mi amado Padre del cielo de que, al final, todo saldrá bien. Por eso, aguardo con serenidad interior todas las cosas que se avecinan” (Beato Luis Andritzki).
El Beato Luis comprendió aquella verdad que las Sagradas Escrituras nos transmiten una y otra vez; pero que a menudo aún no somos capaces de poner en práctica como corresponde. La confianza en nuestro amado Padre nos da aquella seguridad que no procede tanto del sentimiento, pero que puede abarcar todo nuestro ser. Se podría decir que siempre está en ventaja en relación con lo que pueda acontecer. Si vemos que se acercan oleajes estrepitosos, queriendo influir en nuestra realidad emocional, hemos de activar muy concretamente la confianza.
“Todo lo bueno que otros hagan, impulsados por nosotros, aumentará el esplendor de nuestra gloria en el cielo” (San Juan Bosco).
Esta frase encaja muy bien en nuestras reflexiones diarias sobre Dios Padre, y podemos situarlas en contexto con el Mensaje del Padre, en el cual Él nos pide que transmitamos a los hombres un conocimiento más profundo de Dios. ¡Cuánto aumentará el esplendor de nuestra gloria si otras personas, impulsadas por nosotros, empiezan a volverse nuevamente al Padre y a alabarle!
“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Él me acogerá” (Sal 26,10).
Hasta el más amargo sufrimiento humano está albergado en las manos de Dios. Podríamos añadir a las palabras del salmo: “Aunque todos los hombres me rechazaran y me señalaran con el dedo, el Señor me acogerá.”
“Me apoyo en el Señor y no vacilo” (Sal 26,1b).
La confianza en nuestro Padre torna recta y segura nuestra vida. Nos ancla en su Corazón y hace que nuestro Dios se incline a mostrarnos de forma especial su amor.