“Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan” (Sab 11,23).
La compasión de nuestro Padre va de la mano con su amorosa Omnipotencia. Si no fuera así, cuántas veces los hombres se habrían autodestruido, habrían tenido que beber ellos mismos el amargo cáliz de sus pecados y soportar sin mitigación las consecuencias de sus culpas. Pero nuestro Padre ama compadecerse de los hombres.
