“UN AMIGO CELESTIAL”

«Ahí tienes un buen amigo, hijo mío, un gran amigo» (Palabra interior).

«El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo 6,14)

Escuché estas hermosas palabras en mi corazón y supe que el buen amigo al que se refería era el apóstol san Pablo. De hecho, me acompaña en mi camino desde hace mucho tiempo y tanto sus sabias palabras como el ejemplo de su entrega total son una luz en mi vida. Es, al mismo tiempo, un maestro y un amigo al que siempre puedo acudir.

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La resurrección de la carne (I)

A través de las meditaciones sobre la Resurrección de Cristo durante la Octava de Pascua, nos hemos adentrado en este maravilloso tiempo litúrgico, esos cuarenta días en los que el Señor Resucitado preparó a sus discípulos para la misión que les encomendaría. Aún se respira el asombro de los discípulos ante lo ocurrido, cuya realidad fueron asimilando solo poco a poco.

En lo que respecta a las meditaciones diarias posteriores, he optado por basarme en las lecturas según el rito romano tradicional. Como ya he escrito muchas meditaciones siguiendo las lecturas del nuevo calendario litúrgico, al final de cada texto se podrán encontrar uno o varios enlaces para quienes prefieran seguir ese ritmo.

Pero antes de retomar las meditaciones diarias basadas en las lecturas, nos queda un tema importante que tratar. Como aún estamos muy cerca de la Fiesta de la Resurrección de Cristo, me gustaría meditar sobre la resurrección de la carne, en la que nosotros mismos participaremos al final de los tiempos. Esto resulta aún más oportuno si tenemos en cuenta que la catequesis sobre las verdades de fe se está desvaneciendo en la Iglesia y que las enseñanzas básicas sobre las así llamadas «postrimerías» (las realidades últimas del hombre) están siendo relegadas a un segundo plano. En el peor de los casos, incluso se ponen en duda o se niegan. Al mismo tiempo, cobran fuerza las enseñanzas erróneas de otras religiones (como el hinduismo, el budismo o ciertas corrientes esotéricas) sobre la reencarnación o la transmigración del alma.

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DOMINGO IN ALBIS: “La paz del Resucitado”

¿Qué es la verdadera paz? Es aquella que procede de Dios, que brota de su corazón. Así había dicho Jesús a sus discípulos en la Última Cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

Asimismo, las primeras palabras que el Resucitado dirigió a sus discípulos, expresando en ellas lo que está previsto para todos los hombres, fueron: «La paz esté con vosotros» (Jn 20,19).

¡Qué distinto es cuando el Hijo de Dios mismo se dirige a los hombres y les asegura la paz que viene de Dios! Cuando se la acoge, esta paz atraviesa las tinieblas de la ignorancia, toca y abre los corazones cerrados y los miedos empiezan a ceder. Es la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27); la paz que surge al vivir en conformidad con la verdad y el amor, la paz que Dios ofrece a los hombres como don infinito de su bondad y que les da la verdadera vida. Jesús viene a los suyos como Resucitado. Viene como vencedor, porque ha derrotado a Satanás, ha triunfado sobre la muerte y ha pagado el precio de rescate por los hombres en la cruz: «La paz esté con vosotros». ¡Es su paz!

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SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Juan vio y creyó”

Los relatos del Evangelio lo confirman una y otra vez: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya! Este grito de júbilo resuena en toda la cristiandad y le da esperanza, esperanza aun en tiempos sombríos, cuando ésta parece desvanecerse, pues la Resurrección de Cristo es el signo visible de su victoria sobre el infierno y la muerte:

«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?» (1 Cor 15,55).

Este clamor no debe enmudecer jamás, sino que ha de infundir ánimo a los corazones abatidos y atravesar todas las tinieblas. ¡El Señor ha resucitado!

El Evangelio que se proclama hoy siguiendo el leccionario tradicional (Jn 20,1-9) nos conduce de vuelta donde los discípulos en la mañana del primer día de la semana. Todavía tenían que recorrer un camino hasta comprender lo sucedido en aquella noche de Resurrección. Todavía estaban a oscuras, consternados y de luto por la muerte de su Señor. ¿Qué pasará ahora después de su muerte? Jesús yacía en el sepulcro, al menos eso creían.

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“¡NUNCA TE DETENGAS!”

«Los santos están siempre llamados a crecer y a no detenerse jamás» (Palabra interior).

En nuestro seguimiento de Cristo, hay momentos en los que podemos descansar en los brazos de nuestro Padre y aflojar un poco el arco tensado, sin por eso dejarlo de lado ni perderlo de vista. Eso no nos perjudica, más bien nos libera de una severidad y tensión innecesarias. Como hijos de nuestro Padre Celestial, sabemos que Él adapta todas las cruces a nuestra medida y nos otorga la gracia necesaria para sobrellevarlas.

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“LA GRAN DICHA EN EL CIELO Y EN LA TIERRA”

«La mayor dicha de nuestra vida es asemejarnos a Jesús» (San Juan Eudes).

¡Qué alegría para ti, amado Padre, y para todos los hombres, si intentamos poner en práctica estas palabras de san Juan Eudes! En efecto, no solo nos enviaste a tu Hijo como Redentor, para que se convirtiera en el camino hacia ti, sino que también nos lo diste como modelo para que nos asemejemos a Él e incluso lleguemos a ser como Él.

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VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “El mandato del Resucitado”

«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20).

Estas son las palabras que Tú, amado Señor, dirigiste a los once discípulos en Galilea tras tu Resurrección, y permanecen vigentes para siempre.

Fueron esas santas palabras las que impulsaron a los misioneros a viajar hasta los confines de la Tierra y a servir con alegría en esta gran misión, aun en medio de las mayores penurias y sufrimientos.

Son aquellas palabras que el Espíritu Santo trae siempre a nuestra memoria para que nunca se extingan y tus discípulos no olviden jamás la misión que les encomendaste.

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“LA PRIMACÍA DE LA MISIÓN”

«Hay que servir primero a Dios» (Santa Juana de Arco).

Santa Juana de Arco no solo pronunció estas palabras, sino que también las puso en práctica, incluso en los momentos de mayor tribulación, cuando sus injustos jueces intentaban tenderle trampas durante su proceso eclesiástico para que se contradijera a sí misma. Su condena a muerte estaba decidida de antemano, como sucedió con Nuestro Señor Jesucristo.

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JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”

Amada Magdalena, con cuánta prisa te dirigiste muy de mañana al sepulcro del Señor para llorar por él, sin poder imaginar lo que allí encontrarías. Tu corazón estaba embargado por el dolor: ¡te habían arrebatado a tu amado Señor y lo habían matado con tal crueldad! ¿Quién podía consolarte?

Te quedaste junto a la tumba y diste rienda suelta a tus lágrimas. Al inclinarte hacia el sepulcro, viste a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús (Jn 20,12). Como relata el Evangelio, ellos te preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?» (v. 13).

Quedaste aún más sorprendida. ¿Dónde estaría tu Señor? ¿Y quiénes eran esos dos ángeles vestidos de blanco? ¿Sabrían ellos decirte dónde estaba el Señor? ¿Por qué ya no estaba allí, en el sitio donde lo habían colocado?

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