“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará” (Jn 14,23).
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La victoria del amor
Job 19,21-27
Job dijo: “¡Piedad, piedad de mí, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios! ¿Por qué me perseguís como Dios y no os hartáis de escarnecerme? ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre; con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”
LA GRAN DEBILIDAD DE DIOS
“El hombre es mi gran debilidad. Por eso tú debes ir en su busca con el mismo amor con que yo lo busco” (Palabra interior).
Tratemos de comprender estas palabras… El amor de nuestro Padre por nosotros nos resulta casi incomprensible. Un obispo de Italia, Mons. Salvatore Bocciacco (1938-2008), hizo suya la siguiente oración:
“Dios es mi papá. Me ama hasta la locura. Hace cosas maravillosas por mí. Confío en Él y me entrego completamente a Él. Por eso, quiero creer que cualquier cosa que ocurra, ya sea que me parezca hermosa o terrible, es una exquisita y tierna expresión de su amor por mí, y entonces digo: ‘¡Gracias papá!’”
Los niños y los ángeles
Mt 18,1-5.10 (Lectura de la memoria de los Santos Ángeles Custodios)
En aquel tiempo, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?” Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos tres y dijo: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos.”
“SI EL SEÑOR NO GUARDA LA CIUDAD…”
“Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas” (Sal 127,1b).
Todos nuestros esfuerzos humanos tienen siempre un límite, que el Padre mismo, en su sabiduría, ha fijado. Nosotros, los hombres, fácilmente nos ensalzamos y olvidamos de quién procedemos, hacia dónde vamos y quién es el que nos ha dado todo cuanto tenemos.
La infancia espiritual
Mt 18,1-5 (Lectura correspondiente a la memoria de Santa Teresita del Niño Jesús)
En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?” Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos tres y dijo: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.”
LA GRAN RECOMPENSA
“Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros” (Mt 5,11-12).
Vivir en actitud vigilante
Mt 13,47-52 (Lectura correspondiente a la memoria de San Jerónimo)
En aquel tiempo, dijo Jesús: “También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?” Dícenle: “Sí.” Y él les dijo: “Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.”
DE TAL PADRE, TALES HIJOS
“¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Por eso el mundo no nos conoce, porque no le reconoció a él” (1Jn 3,1).
Como hijos de Dios, no quedamos exonerados de participar en el sufrimiento de nuestro Padre porque los hombres a menudo no lo conocen y desconocen su amor por ellos; el sufrimiento por percibir las tinieblas que aún se ciernen sobre una parte de la humanidad.
Ojalá el Señor infundiera en todos su Espíritu
Num 11,25-29
En aquellos días, el Señor bajó en la Nube y habló a Moisés. Luego tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero esto no volvió a repetirse.
