«Así como los ruiseñores jóvenes aprenden a cantar con los mayores, también nosotros aprendemos a rezar y a cantar con más belleza las alabanzas a Dios cuando nos relacionamos con los santos: “Delante de los ángeles cantaré para ti”, exclama David» (San Francisco de Sales).
Se trata de una maravillosa invitación de san Francisco de Sales a cultivar una profunda amistad con los santos. El papa Benedicto XVI también nos dio un consejo similar. En efecto, ¿qué mejor que vivir en comunión con aquellos que ya están plenamente unidos a Dios? En el ámbito humano, sabemos que adoptamos ciertas actitudes de las personas más cercanas, aunque esto ocurra más bien de manera inconsciente. Por tanto, es prudente elegir cuidadosamente a quién nos abrimos y en qué situaciones es preferible mantener la distancia, sobre todo cuando el ambiente respira palabras o comportamientos malsanos sobre los que no podemos influir positivamente.
¿Quién mejor para hacer resonar las alabanzas de Dios que los ángeles y santos, que viven contemplándolo cara a cara? A través de su amistad y cercanía, ellos nos ayudarán a adorar a nuestro Padre con mayor fervor, dignidad y fecundidad. Dios los ha puesto a nuestro lado como amigos fiables. Solo tenemos que buscarlos y dirigirnos a ellos. Se dice que, aunque los santos también nos ayudan cuando no los invocamos directamente, lo hacen con mayor intensidad cuando les hablamos y les pedimos auxilio.
¿Qué tal si, la próxima vez que oremos, invitamos a nuestros amigos celestiales a rezar y cantar con nosotros? ¿Qué tal si les pedimos que permanezcan siempre con nosotros?
Con el tiempo, notaremos que nuestra oración y nuestro canto adquieren una mayor belleza. Esto se debe a que oramos en comunión con ellos y, de esa familiaridad, surgen los «frutos celestiales» de la alabanza.
