“NADA MÁS DULCE QUE MARÍA”

«Nada de lo que Dios manda es insignificante (…). Por eso os recomiendo encarecidamente la veneración de la Madre de Dios. ¡Nada es más poderoso, nada más dulce, nada más fuerte que ella» (San Estanislao Kostka).

El santo habla por experiencia propia y nos recomienda encarecidamente a todos que aprovechemos el gran tesoro que Dios nos ha regalado: la Hija del Padre, la Madre del Hijo y la Esposa del Espíritu Santo.

San Estanislao nos ha dejado estas hermosas palabras como legado, ¡y cuán veraces son! Muchos santos no se cansaban de alabar a la Madre del Señor, pues habían caído en la red de su amor. En este contexto, se me viene a la mente el testimonio de un amigo judío que tuvo la gracia de que la Virgen María se le apareciera y pudiera hablar con ella. Uno de los recuerdos más hermosos que Roy Schoemann compartió con nosotros fue el siguiente: «¡Su voz estaba hecha de lo que hace que la música sea música!».

Cuando los santos hablan de María con los mayores elogios, no se trata de un simple entusiasmo humano. Simplemente describen la gracia inagotable que nuestro Padre celestial ha derramado en ella y su maravillosa respuesta a la predilección divina.

¿Qué te hace tan hermosa, amada Virgen e Hija del Padre? ¡El amor de Dios!

¿Qué te hace tan bondadosa, amada Madre del Hijo? ¡El amor de Dios!

¿Qué te hace tan fuerte, amada Esposa del Espíritu Santo? ¡Nada más que el amor de Dios!

Así es nuestra Madre: siempre nos remitirá a Aquel que ha hecho obras grandes por ella (Lc 1,49), y lo hará con un corazón ardiente de amor por Dios. ¿Es de extrañar que tantas personas depositen su confianza en ella y que sea llamada dichosa en todo el orbe de la Tierra (Lc 1,48)?

No solo san Estanislao nos recomienda venerarla, sino que ella misma nos dirige su gran amor puesto que somos sus hijos. ¿Quién podría resistirse? Tras aquella experiencia con la Virgen María, Roy Schoemann encontró el camino hacia la Santa Iglesia. ¡Nunca olvidará lo que es verla y hablar con ella! Sin duda, esperará con ilusión el día en que vuelva a encontrarla en la eternidad.