«Antonio [el padre del desierto] solía decir que el deber del hombre es dedicar todo su tiempo al alma más que al cuerpo. Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo tiene que dedicarse al cuerpo, pero con mayor celo aún debe entregarse todo lo demás al alma y a buscar su bienestar, para que no sea arrastrada por los placeres del cuerpo, sino que, por el contrario, el cuerpo debe ponerse bajo sujeción del alma» (San Atanasio de Alejandría).
San Atanasio de Alejandría sufrió persecución por su fidelidad a la fe, por defender la divinidad de Cristo frente a la herejía arriana. Entonces buscó refugio en el desierto con los ermitaños que se habían establecido allí. Asimiló profundamente sus enseñanzas y estas marcaron su vida espiritual. Los ermitaños llevaban una vida ejemplar, regida por la jerarquía correcta. Hay que prestar más atención al alma, que es inmortal, que al cuerpo, sujeto a la caducidad. El Señor nos dice claramente en el Evangelio:
«No andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,31-34).
Aunque ciertamente no podemos imitar la severa ascética de los padres del desierto, sí podemos aprender de ellos que es preciso preocuparse más por el alma que por las necesidades corporales. A través de su testimonio, nuestro Padre celestial nos exhorta a regirnos por la jerarquía correcta en la vida, tal y como dice también la Escritura:
«¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,26).
