Himno cristológico

Tras elogiar la vida cristiana de los colosenses, san Pablo redacta uno de los pasajes más bellos de sus cartas. Se trata del himno cristológico, que comienza con la alabanza a Dios Padre. La glorificación del Padre, que era el gran anhelo del corazón de su Hijo Jesucristo, resuena en primer lugar en este cántico de alabanza. ¿Cómo podríamos comprender las maravillosas obras de Dios si no consideráramos a Jesús como el Enviado del Padre? La comunidad de Colosas debe ser consciente de la gloria del Hijo de Dios para que su fe cristiana esté firmemente arraigada y pueda rechazar cualquier doctrina que pretenda eclipsar la divinidad de Jesús.

Col 1,12-20

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda creatura;
pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

Así, elevamos primero nuestra mirada hacia nuestro Padre Celestial, de quien todo procede. En su inconmensurable bondad, se ha apiadado de la miseria humana y nos ha trazado una vía de salida. No se trata solo de un rescate de emergencia en último momento, lo cual ya de por sí sería digno de infinita gratitud por nuestra parte; sino que va mucho más allá, queriendo hacernos partícipes de la herencia del pueblo santo en la luz.

Nuestro Padre quiere devolvernos la dignidad como personas creadas a su imagen y semejanza, para que, en la eternidad, estemos indisolublemente unidos a Él. Para ello, tuvo que liberarnos del dominio de las tinieblas, ya que, a través del pecado, el diablo había adquirido poder sobre los seres humanos, del que nunca habríamos podido liberarnos por nosotros mismos. Tenía que venir alguien más fuerte (cf. Lc 11, 21-22). Para ello, nuestro Padre envió a Aquel que está por encima de todo y que, sin embargo, se humilló por nuestra causa. Gracias a Él, los que han sido liberados de la muerte son trasladados al «Reino de su Hijo querido». Tal y como señala san Pablo a continuación, fue necesario el sacrificio voluntario de Jesús para que obtuviéramos el perdón de los pecados.

Llegados a este punto, cabe plantearse una seria pregunta: ¿seguimos hoy en día estando conscientes del valor infinito del sacrificio de Jesús que nos anuncia aquí el Apóstol? ¿Estamos aún convencidos de que toda persona está absolutamente necesitada del encuentro con nuestro Señor Jesucristo, un encuentro irreemplazable? Nadie puede perdonar los pecados salvo Dios mismo y, por tanto, el Hijo de Dios. Por ello, resulta desconcertante que, en la actualidad, la Iglesia ya no ponga suficiente énfasis en la posición única que ocupa Jesucristo para todos los hombres. Se escuchan cada vez más voces que sugieren que existen otros caminos hacia Dios en igualdad de condiciones y que también se los puede encontrar en otras religiones. Tal postura induce a error a las personas y, si interiorizamos el himno cristológico de san Pablo, solo podemos preguntarnos cómo es posible llegar siquiera a este punto de vista.

Ciertamente, si una persona no ha tenido un encuentro con Jesús sin culpa alguna por su parte, no se le acusará de ello y nuestro Padre la juzgará con justicia. Sin embargo, esto no significa en absoluto que se pueda relativizar o anular el mensaje de salvación de Cristo para todos los hombres, reconciliados con Dios por medio de su sacrificio. Quien lo haga ya no estará anunciando el mensaje que san Pablo transmitió a los colosenses y que la Iglesia ha proclamado fielmente a lo largo de los siglos.

¡Cuántos misioneros fueron enviados hasta los confines de la Tierra para anunciarlo y cuántos dieron su vida por Cristo!

Aunque no contemplemos aún la salvación en toda su dimensión, no podemos sino estremecernos ante lo que san Pablo transmite a los colosenses sobre el Hijo de Dios:

“Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; pues por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.”

Esto es lo que nos enseña nuestra fe cristiana. La posición de Jesús como Hijo de Dios es tan singular que constituye motivo suficiente para servirle llenos de alegría y gratitud, puesto que nosotros mismos y todo lo que existe fuimos creados por Él y para Él. Esto basta para reconocer al altísimo Señor al que seguimos en la Iglesia. Nunca debemos olvidarlo porque, de lo contrario, nos separaríamos de la gloria de Cristo, que todos los hombres están llamados a compartir, aunque no lo sepan. Precisamente por ello, la misión de la Iglesia es darlo a conocer a todas las personas.

Mañana terminaremos de meditar las últimas líneas de este maravilloso himno cristológico.

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Meditación sobre la lectura del día (Conmemoración de los fieles difuntos):

https://es.elijamission.net/conmemoracion-de-los-fieles-difuntos-las-benditas-almas-del-purgatorio/

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