“EL AMOR LO GUÍA TODO”   

«Mi amor debe encontrar tal cabida en ti que guíe todos tus pasos y determine todas tus acciones» (Palabra interior).

Este sería el magnífico fruto de una íntima relación con nuestro Padre, en la que ya no le reservamos nada. El amor, que es la presencia del Espíritu Santo, habrá removido los principales obstáculos y empezará a trabajar cada vez más sutilmente para que nuestro amor a Dios y al prójimo se vuelva natural. Esto sucede a través de la inhabitación de Dios en nuestra alma.

Cuando nuestro Padre establece su morada en nosotros y damos cabida a su amor en nuestro interior, este no descansa hasta haber impregnado todos los ámbitos de nuestra existencia, pues el amor es una potencia unificadora. Con nuestro consentimiento, empieza a ejercer su suave dominio sobre nuestra voluntad, que se somete de buen grado, aunque sea necesario renovar una y otra vez la decisión de entregarnos a él, sobre todo cuando se presenta una cruz en nuestro camino. Con cada acto que realizamos por amor a nuestro Padre, este se vuelve más fuerte y seguro.

Cuando nuestro Padre nos encuentra en esta disposición, podrá guiar fácilmente nuestros pasos. Con prontitud, notaremos si hemos tomado un rumbo equivocado. En efecto, el Espíritu mismo nos cerraría las puertas, tal y como hizo con el apóstol Pablo cuando «le impidió predicar la palabra en Asia» (Hch 16,6).

Por otra parte, el Espíritu nos confirmará si hemos elegido el camino correcto. Esto no solo se aplica a las grandes decisiones de nuestra vida, sino también a las múltiples pequeñas elecciones que se ajustan a los designios de Dios.

Ahora nos corresponde decidir si acudimos una y otra vez al Señor que habita en nuestro interior para reafirmar nuestra dirección. Si permitimos que sea nuestro Padre quien guíe cada uno de nuestros pasos, también nuestras acciones se verán determinadas por el amor y poseerán ese sabor especial que las distingue de los actos meramente humanos.