Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

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“INCLUSO UN ELÍAS ERA DÉBIL”

«Incluso un Elías era débil y estaba necesitado de mi fuerza para llevar adelante su ministerio» (Palabra interior).

¿Quién no recuerda al gran profeta Elías, que condujo a su pueblo de vuelta a Dios mediante magníficos prodigios? ¿No fue él quien se atrevió a enfrentarse directamente al rey Ajab cuando este hacía cosas contrarias a Dios? ¿No fue él quien sufrió el odio de la reina Jezabel, que rendía culto a los baales, y quien lo persiguió encarnizadamente cuando él había mandado matar a sus sacerdotes idólatras, no sin antes haber demostrado que actuaba por encargo del Altísimo?

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