Puesto que llevo en el corazón el gran deseo de anunciar el Evangelio y, con él, todo el testimonio de la Sagrada Escritura, daré inicio a una serie en la que meditaremos sistemáticamente la Epístola a los Colosenses, redactada por el apóstol san Pablo. Quien prefiera seguir las meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, encontrará al final los enlaces respectivos.
Desde mi punto de vista, en la época actual es particularmente importante una sana exégesis de la Sagrada Escritura, ya que se está difundiendo cada vez más una visión modernista de la Biblia que, a menudo, no ofrece un verdadero alimento para el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios es tan rica e importante que no deberíamos cansarnos de escucharla. ¡Conservémosla en nuestro corazón como la Virgen María para que produzca abundante fruto!
Inicio esta serie sobre la Carta a los Colosenses en la hermosa Solemnidad de Todos los Santos, en la que la Iglesia conmemora a todos aquellos que siguieron fielmente al Señor hasta el final. Es bueno recordar que todos estamos llamados a recorrer el camino de la santidad. Tras haber experimentado una verdadera conversión, debemos esforzarnos por vivir auténticamente la fe que hemos encontrado, para que Dios pueda moldearnos a su imagen. En efecto, aunque hayamos sido creados a su imagen, estamos muy necesitados de ser purificados y redimidos de todo aquello que la ha oscurecido y deformado, a veces hasta el punto de hacerla casi irreconocible. Recordemos que no vivimos solo para nosotros mismos, sino que las demás personas necesitan encontrar en nosotros el testimonio de una auténtica vida cristiana.
Nuestra vida debe centrarse, en primer lugar, en Dios, nuestro Padre. Debemos honrarle y dar testimonio de su bondad y de su sabiduría ante los hombres, correspondiendo así al sentido de nuestra existencia.
Escuchemos atentamente lo que el Apóstol de los Gentiles escribe a la comunidad cristiana de Colosas en Frigia, en la parte occidental de Asia Menor, actual Turquía. En general, se asume que Pablo redactó esta epístola durante su cautiverio en Roma. Epafras, que servía en aquella región por encargo suyo, le había informado de la irrupción de una falsa doctrina en la comunidad de Colosas. Este fue el motivo por el que el Apóstol escribió esta carta, consciente de lo peligrosas que son las herejías para la comunidad cristiana en muchos aspectos y viéndose llamado a reaccionar de forma debida.
Escuchemos, pues, la introducción de su epístola:
Col 1,1-8
Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, estén con vosotros. Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por vosotros, al llegarnos noticias de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza en lo que os está reservado en los cielos. De ello ya habéis sido instruidos al recibir la palabra de la verdad, el Evangelio que os llegó y que da fruto y crece entre vosotros como en todo el mundo, desde el día en que oísteis y conocisteis de verdad la gracia de Dios. Así lo aprendisteis de Epafras, nuestro amado compañero en el servicio, que hace las veces de nosotros como fiel ministro de Cristo y que también nos manifestó vuestro amor en el Espíritu.
San Pablo, que comienza su carta destacando su legitimidad como apóstol por el llamado de Jesucristo, no menciona de inmediato la preocupación que motivó su carta. Antes bien, expresa en primer lugar su gratitud por el hecho de que el testimonio cristiano de aquella comunidad esté dando buenos frutos, ya que vive la verdadera fe y está movida por la caridad. Es importante proceder de esta manera. Se trata de comunidades jóvenes que necesitan ser animadas y que se les muestre el aprecio que se tiene por los buenos frutos que están dando. La palabra de la verdad, el Evangelio, llegó hasta ellos y ellos la oyeron y la acogieron. Por eso crecen los frutos. La comunidad de Colosas estaba formada en su mayoría por gentiles conversos, junto a una minoría de judíos que habían reconocido al Mesías.
También en el Libro del Apocalipsis podemos ver que el Señor trata de esta manera a las siete iglesias a las que se dirige. En cinco de ellas, empieza destacando sus aspectos positivos y su fidelidad antes de señalar, en tres casos, lo que requiere un cambio urgente. Solo a las iglesias de Sardes y Laodicea el Señor glorificado les reprocha inmediatamente su mala conducta y les exhorta con urgencia a convertirse.
Pablo, por su parte, asegura su oración a la comunidad, para que se sienta sostenida y sepa que, de este modo, el apóstol permanece siempre unido a ella. Así escribe a continuación:
“Por eso también nosotros, desde el día en que nos enteramos, no cesamos de rezar y pedir por vosotros, para que alcancéis un pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría y entendimiento espiritual. Rezamos para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, dando como fruto toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Así seréis fortalecidos con toda la fuerza propia de su glorioso poder para tener en todo paciencia y longanimidad, con alegría” (Col 1,9-11).
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Meditación sobre la lectura del día (Solemnidad de Todos los Santos):
https://es.elijamission.net/solemnidad-de-todos-los-santos-el-llamado-universal-a-la-santidad/
