Amado Padre, ayer compartí con tus hijos el maravilloso regalo que nos otorgaste hace tres años, en el santísimo día de la muerte de tu Hijo, y que permanece con nosotros hasta el día de hoy. Contemplar el Rostro del Señor, que nos atrae con su mansedumbre, es siempre un gran consuelo. En una palabra interior, el Señor nos ha exhortado: «Desde la cruz de este mundo, que causa tanto sufrimiento, elevad conmigo la mirada al Padre».
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MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “¡Es el Señor!”
«Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5).
Así se dirigió Jesús a sus discípulos cuando se les apareció por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades. Una vez más, no lo reconocieron de inmediato, pero, en esta ocasión, Jesús encontró una nueva forma de revelarse para que pudieran entenderlo fácilmente. De hecho, la mayoría de los apóstoles eran pescadores a quienes Jesús había elegido para que se convirtieran en pescadores de hombres (Mt 4,18-20).
Pero primero debían asimilar que su Señor verdaderamente había resucitado de entre los muertos. Esa nueva realidad debía calar hondo en ellos, pues posteriormente tendrían que portar al mundo entero el mensaje de su Resurrección. No podía quedarles ninguna duda y sus ojos debían abrirse por completo.
MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Soy yo, ¡no temáis!”
«La paz esté con vosotros (…). ¿Por qué os asustáis? (…) Soy yo mismo» (Lc 24,36.38-39).
Así se dirigió el Señor Resucitado a sus discípulos cuando se apareció en medio de ellos. Estos aún no acababan de creerlo y estaban llenos de espanto y miedo (Lc 24,37). ¿Quién era aquel que les hablaba? Aún no se les habían abierto los ojos; no podían reconocer al Resucitado.
¿Era acaso un espíritu? No, ¡era el Señor! Era el mismo con quien habían estado de camino y a quien habían seguido durante tres años, con quien habían comido y bebido; aquel que había realizado milagros ante sus ojos y los había instruido con la plenitud de la sabiduría. Sin embargo, ahora no podían reconocerlo. ¿Sería acaso un fantasma?
“LA MIRADA DE JESÚS AL PADRE (I)”
Amado Padre, hoy me gustaría compartir con quienes siguen los «3 minutos para Abbá» un maravilloso acontecimiento con el que has bendecido a nuestra comunidad. Algunos probablemente ya lo conozcan; otros lo escucharán por primera vez.
Ocurrió el 7 de abril de 2023, Viernes Santo aquel año, a las 9 de la mañana, la hora en que inició la crucifixión de tu Hijo para redimir a la humanidad (Mc 15,25). Como es costumbre en la Iglesia Católica durante el Tiempo de Pasión, el gran crucifijo de nuestra capilla estaba cubierto con un velo morado.
“LA VIDA DICHOSA”
«Precisamente en esto consiste la vida dichosa: alegrarse con vistas a ti, en ti y por ti» (San Agustín).
¡San Agustín tiene razón! Esta vida dichosa ya se anticipa aquí en la Tierra, amado Padre. En cuanto nos despertamos y nos sacudimos el sueño, tu gracia ya está con nosotros, moviéndonos a dedicarte nuestros primeros pensamientos y palabras. Durante toda la noche has velado sobre nosotros por medio de tu ángel. Y el nuevo día que amanece nos espera con su tarea.
LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Con tu muerte, derrotaste a la muerte”
NOTA: A lo largo de la Octava Pascual, las reflexiones diarias tendrán un carácter más meditativo, para adentrarnos en el gran acontecimiento de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Los “3 Minutos para Abbá” seguirán como de costumbre (https://es.elijamission.net/category/3-minutos-para-abba/).
Tal y como habías predicho, amado Jesús, sucedió. ¡Verdaderamente has resucitado!
Te levantaste de entre los muertos y la buena nueva ha llegado hasta nosotros. Los primeros en anunciarlo fueron los ángeles junto al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Luego fue María Magdalena; ella tuvo la gracia de verte primero, después los apóstoles… ¡No cabe duda! Ni siquiera los judíos hostiles y los soldados sobornados pudieron ocultar la verdad. ¡Aleluya!
La muerte no pudo retenerte en la tumba. ¿Cómo podría, si Tú mismo eres la vida? Tú resucitaste a los muertos cuando nos anunciaste el Evangelio. Tú infundes nueva vida en todo: al que está muerto por el pecado le ofreces el remedio, al que ha tropezado lo vuelves a levantar, al que está abatido le das nuevas fuerzas, al extraviado le muestras el camino…
Domingo de Pascua: “El sepulcro vacío”
María Magdalena, queriendo mostrarle su amor al Señor aun en la muerte, corre al sepulcro antes de que el día amanezca.
“Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2) –exclama con dolor, al descubrir que la piedra del sepulcro había sido removida. ¿Es que ni siquiera se deja en paz a los difuntos? ¿Dónde está su Señor?
Y entonces el Señor mismo se le aparece. Al principio María no lo reconoce, pero cuando Jesús la llama por su nombre, “ella, volviéndose, exclamó: ¡Rabbuni!” (Jn 20,16). Jesús aún no le permite tocarlo, pero la convierte en primera mensajera de la Resurrección.
Sábado Santo: “Duelo por el Señor”
Duelo por el Señor; dolor por los hombres, que no han reconocido a su Redentor y lo han crucificado… Duelo de la Madre por el Hijo amado; luto y desconcierto entre los discípulos, que se dicen confundidos: “Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel” (Lc 24,21).
Pero el Señor descendió a los infiernos, donde aquellos que aún estaban a la espera de la Redención, y también a ellos los colmó con su amor.
Viernes Santo: “Redimidos por amor”
Judas consumó su traición y Jesús es apresado. Esto acontece después de que el Señor, en Getsemaní, había aceptado el sufrimiento de manos de su Padre y había dado su ‘sí’ a todo lo que tenía por delante.
Un SÍ que tuvo que atravesar la angustia y la agonía; un SÍ, después de haberle pedido a su Padre que, si era posible, aquel cáliz pasara sin tener que beberlo (cf. Mt 26,39-44); un SÍ que expresa la entrega incondicional al Padre; un SÍ por amor a nosotros, los hombres.
Ahora Jesús se entrega sin reservas al sufrimiento que ha de soportar por nuestra Redención; se enfrenta a todas las burlas y humillaciones, a todas las ofensas, al desamor y a la crueldad que encontrará en su camino doloroso. Todo el odio de las tinieblas se cierne sobre Él; la espantosa oscuridad del pecado con su terrible consecuencia: el alejamiento de Dios.
Jueves Santo: “El servicio y la entrega de Cristo”
Durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. (Jn 13,4-5)
¡Cuán grande amor se nos manifiesta en este día! ¡Con qué gestos tan extraordinarios nos encontramos! El Señor del cielo y de la tierra lava los pies de sus discípulos, revelándoles así más profundamente en qué consiste su seguimiento: se trata de servir. Dios mismo, en su infinito amor, sirve al hombre; y a nosotros nos llama a vivir en este mismo servicio.
Entonces, si nos cuestionamos cómo podemos servir a nuestro prójimo, la respuesta es: ¡Así como Jesús nos sirve a nosotros! No hay nada que le resulte demasiado bajo o despreciable, como para no tocarlo y transformarlo con su amor. A sus discípulos los convierte en príncipes de su Reino; de los pecadores quiere hacer santos.
