San Conrado de Parzham: apóstol de la santidad

Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.

Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.

Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:

leer más

El purgatorio: la purificación tras la muerte

Para completar esta serie de meditaciones sobre las «postrimerías», solo nos queda abordar el tema del purgatorio, que es muy importante, aunque a menudo se malinterpreta. A pesar de su seriedad, la doctrina del purgatorio resulta muy reconfortante.

Debemos asumir que, después de la muerte, la mayoría de las personas aún no están en condición de alcanzar inmediatamente la unión plena con Dios, ya que para ello es preciso estar completamente purificados. Al mismo tiempo, esperamos que el menor número posible de almas —ojalá ninguna— se condenen en el infierno. Esto, por supuesto, queda sometido exclusivamente al Juicio misericordioso y justo de Dios. Desde este trasfondo, podemos comprender el profundo sentido de la doctrina del purgatorio. El lugar de purificación brota de la sabiduría de Dios y constituye un acto de su misericordia. Así, para aquellas personas que durante su vida terrenal no respondieron suficientemente al amor de Dios, aún existe la posibilidad de ser purificados después de la muerte.

leer más

“El infierno”

Una reflexión sobre las «postrimerías» —las realidades últimas del hombre— quedaría incompleta si no abordáramos también la posibilidad de que el ser humano fracase en su camino. Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición de la Iglesia dan testimonio inequívoco de la existencia del infierno.

Es cierto que puede resultar aterrador hablar de ello, pero eso no justifica que se omita esta dimensión de nuestra fe. De hecho, también puede existir un «susto» provechoso que nos sacuda. San Juan Crisóstomo hizo hincapié en la importancia de esta doctrina y destacó cuán esencial es tenerla presente:

«En verdad, si pensáramos siempre en el castigo del infierno, no caeríamos tan fácilmente en él. Por eso Dios nos ha amenazado con el castigo del infierno: si su consideración no tuviera algo salvífico, no lo habría hecho. Puesto que el recuerdo de los castigos del infierno produce efectos tan positivos, Dios nos ha brindado la amenaza como un remedio sanador […]. Un alma que teme al infierno no caerá fácilmente en el pecado […]. El temor que habita en el corazón expulsa de él todo lo pecaminoso» (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses, 2,3).

Hasta aquí las palabras de san Juan Crisóstomo, que destacan especialmente la función pedagógica de la doctrina del infierno.

leer más

El cielo: la vida eterna con Dios (II)

Como vimos en la meditación de ayer, el bien supremo que nos espera en el Cielo es la visión beatífica de Dios, que nos hará infinitamente dichosos. Algunos Padres de la Iglesia han intentado, en cierta medida, hacernos accesible lo inaccesible. Quisiera citar a continuación una de esas voces para acrecentar nuestro anhelo por lo que nos espera. San Agustín, maestro de la palabra, escribe en La Ciudad de Dios:

«¡Qué grande será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde no faltará bien alguno y donde toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo en todos! No sé qué otra cosa se podría hacer allí, donde ni por pereza cesará la actividad, ni se trabajará por necesidad (…).

Todos los miembros y partes internas del cuerpo incorruptible, que ahora vemos desempeñando diversas funciones por necesidad, se ocuparán entonces en la alabanza de Dios, ya que allí no habrá necesidad alguna, sino una felicidad plena, cierta, segura y eterna. (…) Todas las demás cosas grandes y admirables que allí se verán, encenderán las mentes racionales con el deleite de la hermosura racional en la alabanza de tan excelente artífice» (Libro XXII, capítulo 30).

leer más

“EL MODO DE DIOS”

–«Oh, amabilísimo, si te complace tanto que los hombres crean en ti, dime, por favor, ¿qué debo creer respecto a tu inefable bondad?»

–«Con esperanza certera debes creer que, tras tu muerte, te acogeré como un padre a su hijo más querido, y que nunca un padre ha legado tan fielmente la herencia a su único hijo como yo te compartiré todos mis bienes e incluso a mí mismo» (Diálogo entre Santa Matilde de Hackeborn y el Señor).

leer más

El cielo: la vida eterna con Dios

Ayer nos centramos en la resurrección espiritual, también denominada «la primera resurrección». No es necesario profundizar más en este tema, ya que se trata del camino diario de la fe unido a la lucha por la santidad. Este tema nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida y, por mi parte, intento ofrecer constantemente a los fieles y a los buscadores pautas sobre el camino de la santidad, tanto en mis meditaciones diarias como en mis conferencias.

Pero lo que aún nos queda por abordar en estas meditaciones posteriores a la Resurrección del Señor es la vida eterna. Para los creyentes que han permanecido fieles hasta el final, será el Cielo: la unión plena con Dios en la contemplación de su gloria.

Sería insensato perder de vista la maravillosa meta hacia la que nos dirigimos. Es incomparablemente más gloriosa de lo que podemos imaginar y su belleza debería estimularnos. Al elevar nuestra mirada hacia la gloria del Cielo, de ningún modo nos desconectamos de la vida real, ni nos volvemos pseudomísticos, ni evadimos la realidad. Todas esas ideas son erróneas. Al contrario, el anhelo del Cielo debería aumentar nuestro fervor por cumplir la tarea que se nos ha encomendado en este mundo para glorificar a Dios y servir a los hombres.

leer más