Día 36: “La actitud de María”  

En medio de nuestro itinerario cuaresmal, resplandece la gran solemnidad de la Anunciación, aquel día en que comenzó nuestra redención cuando María dio su «sí». Aunque sin duda conocemos bien el pasaje bíblico correspondiente, nunca nos cansamos de escuchar el primer anuncio de la Buena Nueva.

Lc 1,26-38

Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a un pueblo de Galilea, llamado Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. La virgen se llamaba María. Cuando entró, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, le llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto posible, si no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y le llamarán Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y ya está en el sexto mes la que era considerada estéril, porque no hay nada imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel la dejó y se fue.

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“EL REINO DE SU AMOR”

“En el corazón de María, el Padre edifica el Reino de su amor” (San Juan Eudes).

¡Qué bella constatación de San Juan Eudes! Efectivamente es así: la Virgen acogió plenamente el amor de Dios y dio la respuesta que nuestro Padre pide y espera de nosotros, los hombres. Al decir “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María abrió las puertas para que el Padre pudiese desplegar sin impedimentos su plan de salvación. Y Dios le encomendó lo más valioso que podía dar a los hombres: a su amado Hijo.

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Día 35: “Daniel y los leones”  

¿Cómo se sobrevive varios días en una fosa de leones a la que te han arrojado para que te devoren siete leones hambrientos? En la lectura de hoy (Dn 14,27-42), Daniel nos da una respuesta.

¿Por qué los babilonios querían deshacerse de Daniel? La lectura narra que éstos fueron a decir al rey Ciro el Persa: «“Entréganos a Daniel, si no, te mataremos a ti y a toda tu casa”. Ante esta gran violencia, el rey se vio obligado a entregárselo». (v. 29-30).

¿Qué había sucedido antes? Resulta que los babilonios adoraban a un ídolo llamado Bel y le llevaban diariamente como ofrenda «doce artabas de flor de harina, cuarenta ovejas y seis medidas de vino» (v. 3). Cuando el rey Ciro, que tenía en gran estima a Daniel, le preguntó por qué no adoraba a Bel, éste respondió: «Porque yo no venero ídolos hechos por mano humana, sino solamente al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra y tiene poder sobre toda carne» (v. 5). Entonces, Daniel demostró al rey que eran los sacerdotes de Bel quienes devoraban toda la comida, y no el ídolo (vv. 7-21). Cuando Ciro se dio cuenta del engaño, mandó matar a los sacerdotes de Bel (v. 22).

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Día 34: “Verdaderos profetas al servicio de Jesús”  

La lectura de hoy (Jon 3,1-10) es motivo de gran alegría en nuestro itinerario cuaresmal. Toda una ciudad, junto con su rey, se toma en serio la advertencia del profeta Jonás. ¡Así que también hay situaciones en las que las personas se convierten de sus malos caminos! En efecto, los ninivitas hicieron penitencia cuando el rey mandó pregonar:

«“Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua. Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos”. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo» (vv. 7-10).

¿Cómo se lo tomarían hoy en día? ¿Podemos imaginarnos que surgiera un profeta advirtiendo de una catástrofe inminente y que, efectivamente, consiguiera que una nación, una ciudad, un pueblo o, al menos, una parroquia católica se convirtiera en su totalidad? ¿Cómo se actuaría hoy en día con un profeta así? Ciertamente, sería ridiculizado por completo, y eso por mencionar la forma más leve de rechazo. Probablemente se le trataría como a alguien que advierte de un incendio inminente, pero al que luego se le culpa de ello.

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Día 33: “Los demonios intentan impedir que se reconozca a Jesús”  

 

Nuestro itinerario cuaresmal nos ha traído hoy hasta el así llamado «Primer Domingo de Pasión» y nos acerca cada vez más a la Semana Santa. Las confrontaciones y disputas entre los judíos hostiles y Jesús continúan y se vuelven cada vez más agresivas (Jn 8,46-59). Podemos constatar que el Señor se encuentra ante corazones obstinados, que simplemente no están dispuestos a abrirse a la verdad.

Ya habíamos considerado que ni las curaciones milagrosas, ni la resurrección de Lázaro ni la sabiduría que emanaba de la boca del Señor habían logrado convencer a los judíos. En este contexto, Jesús pronuncia estas palabras, en las que se percibe su lamento: «¿Quién de vosotros podrá acusarme de haber pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios» (vv. 46-47).

Con estas palabras, el Señor nos da la clave para entender por qué los judíos hostiles estaban tan obstinados: no proceden de Dios ni sus pensamientos, palabras y acciones están guiados por Él. Por eso se cierran cada vez más, cuanto más les dice Jesús la verdad.

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Día 32: “Yo soy la luz del mundo”  

En el evangelio de hoy (Jn 8,12-20), Jesús, dirigiéndose a los judíos, pronuncia palabras vigentes para todos los tiempos: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (v. 12).

Son palabras que deben asimilarse en profundidad, palabras que iluminan y nos comunican así la luz que es el mismo Jesús. El Señor se las dirige a la multitud que le escucha, aun sabiendo que todavía no podrían comprenderlas del todo. Con los fariseos, en cambio, la situación se ponía cada vez más tensa.

Éstos se escandalizan una y otra vez por la autoridad que emana de las palabras de Jesús, que debía revelarles quién era Él y abrirles así el camino de la verdad para que lo reconocieran como el Mesías. Si lo hubieran reconocido como el Mesías, se les habría abierto la puerta para conocer más a fondo al Padre Celestial, quien lo envió al mundo. Si se emprende este camino, el Espíritu Santo puede revelarnos cada vez más la verdad y el conocimiento de Dios se vuelve más preciso y amplio, al tiempo que crece el amor por Él.

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