Amado Padre, el desenlace de la historia de José y sus hermanos muestra cómo sabes valerte incluso del mal que los hombres piensan y hacen para llevar a cabo tu plan de amor. Esto demuestra tu omnipotencia y nos da esperanza cuando presenciamos tanta injusticia en el mundo. ¿Quién, si no Tú, podría revertir el mal en bien? ¡Solo Tú!
Showing all posts by Elija
Día 17: “Los abismos del corazón humano”
Los textos bíblicos de hoy nos confrontan de manera muy concreta con los abismos del corazón humano y con la maldad que puede brotar de él. En la primera lectura, escuchamos una parte de la historia de José y sus hermanos (Gen 37,6-22). Estos se dieron cuenta de que su padre, Jacob, amaba a José más que a sus otros hijos. Fue él quien había informado a Jacob de las maldades que sus hermanos cometían mientras pastoreaban las ovejas (v. 2). Estos “llegaron a aborrecerle hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle” (v. 4).
Sus corazones se oscurecieron cada vez más y, cuando José les contó inocentemente dos sueños proféticos que sugerían que un día todos ellos se inclinarían ante él, su envidia creció aún más. Cuando se les presentó una oportunidad propicia, decidieron matarlo. Solo Rubén, el hermano mayor, quiso salvarlo y devolverlo a su padre. Logró convencerlos de que, en lugar de derramar su sangre, lo arrojaran a un pozo vacío (v. 22).
“CONFIANZA EN EL AMOR DEL PADRE”
A veces, amado Padre, no nos resulta fácil creer firmemente en tu omnipotencia cuando vemos tanta injusticia atroz en el mundo y nos invade la impresión de que Tú no intervienes.
Como tus discípulos en el Evangelio (Lc 9,54), ciertamente nosotros también habríamos querido hacer caer fuego del cielo muchas veces para castigar a quienes se oponen a tu voluntad y reprender severamente a los que se niegan a aceptar la fe. También es difícil presenciar cómo muchas personas sufren injusticias, a menudo por parte de unos pocos que hacen el mal.
Día 16: “Un corazón que confía en Dios y le pertenece”
Hoy, en el decimosexto día de nuestro «retiro cuaresmal», el profeta Jeremías nos recuerda de manera inequívoca en quién debemos confiar y en quién no: «Así dice el Señor: Maldito el que confía en el hombre y hace de las criaturas su apoyo, y aparta su corazón del Señor» (Jer 17,5). Se trata de una exhortación similar a la que encontramos en otro valioso dicho de los Salmos: «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 148,3).
En efecto, es una necedad buscar en las personas la seguridad que solo Dios puede darnos. Es un indicio de que la fe aún no ha calado suficientemente hondo en nosotros. Por eso seguimos buscando falsas seguridades que, en última instancia, suponen una gran carga para nuestra vida y, en cierto modo, nos mantienen cautivos. El profeta Jeremías expresa esta realidad en términos contundentes y llega a decir que es «maldito» el hombre que actúa así, ya que aparta el corazón del Señor. De hecho, puede convertirse en una especie de maldición, porque, por un lado, nunca obtendremos esa seguridad que buscamos en las personas y, por otro, no acudimos al Señor y nos privamos así de su ayuda para superar situaciones de amenaza. Seguirá siendo así mientras no lo reconozcamos y nos pongamos en camino hacia Dios.
Día 15: “La flor de la paz”
En el decimoquinto día de nuestro itinerario cuaresmal, me encuentro en Jerusalén escribiendo esta meditación bajo la sombra de las acciones bélicas entre Estados Unidos, Israel e Irán. La mañana del 28 de febrero de 2026 comenzó un bombardeo de Irán bajo el nombre de «Operation Roaring Lion» («Operación León Rugiente»). Irán respondió con lanzamientos de misiles que fueron anunciados con sirenas en gran parte de Israel, incluida Jerusalén.
La lectura de hoy, tomada del Libro de Ester (13, 8-11.15-17), atestigua la omnipotencia de Dios, y el Evangelio (Mt 20,17-28) habla del reinado de Cristo.
El contexto de la lectura es que el rey persa Asuero, influenciado por Amán, el segundo al mando, estaba a punto de llevar a cabo la exterminación de todos los judíos en su reino. En su gran aflicción, Mardoqueo, un judío ilustre que servía en el palacio, elevó esta súplica a Dios:
“UNA FLOR DE PAZ”
«¿De dónde proceden las guerras entre vosotros?» —se pregunta el apóstol Santiago—, y él mismo da la respuesta: «¿Acaso no provienen de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Lucháis y os hacéis la guerra» (St 4,1-2).
Existen caminos hacia la verdadera paz, y las palabras de Santiago nos dan una pista. Si queremos contribuir a la paz que nuestro Padre celestial quiere conceder a la humanidad, debemos comenzar por nosotros mismos, refrenando las pasiones destructivas que habitan en nuestro interior.
Día 14: “El primer lugar para el Señor”
En la lectura de hoy (1Re 17,8-16), volvemos a encontrarnos con el profeta Elías, a quien Dios envía a Sarepta, donde había ordenado a una viuda que le diera de comer (v. 9). Cuando Elías la encuentra recogiendo leña a las puertas de la ciudad, le pide que le traiga agua y un bocado de pan. La pobre viuda le responde: «Vive el Señor, tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos» (v. 12).
No obstante, Elías la animó a hacer tal y como él le había dicho: primero traerle un panecillo a él y después hacer uno para ella y para su hijo (v. 13), y le aseguró: «Esto dice el Señor, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra» (v. 14).
La viuda hizo lo que Elías le dijo, creyendo sus palabras, y se cumplió al pie de la letra lo que él había predicho.
“¡PRIMERO DIOS!”
Amado Padre, mientras escribía la meditación sobre la historia de Elías y la viuda de Sarepta, a la que auxiliaste bondadosamente en su aflicción por haber escuchado a tu profeta, se me grabó profundamente que siempre debemos darte el primer lugar en todo lo que hacemos. En tiempos de la Antigua Alianza, los israelitas te ofrecían las primicias de la cosecha, y esta prioridad debería mantenerse hasta el día de hoy. En efecto, a la luz del Nuevo Testamento y por la venida de tu Hijo al mundo, podemos conocerte mejor a ti y tu amor. Que la primera palabra al iniciar el día, así como la última antes de concluirlo, esté consagrada a ti. Siempre estamos llamados a elevar la mirada hacia ti, como tu amado Hijo, que te glorificó en todo.
Día 13: “Causas de la miseria en la tierra”
Nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy una oración suplicante del profeta Daniel, que tenía muy claro el motivo por el que Jerusalén había caído en la ruina.
“Señor Dios nuestro (…), nosotros hemos pecado y actuado injustamente. Señor, por tu infinita justicia, retira tu cólera enfurecida de Jerusalén, tu ciudad y monte santo; pues por nuestros pecados y por los crímenes de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo son la burla de cuantos nos rodean. Y ahora, Dios nuestro, escucha la oración y las súplicas de tu siervo y mira con buenos ojos tu santuario arruinado, ¡por tu honor, Señor! Inclina, Dios mío, tu oído y escucha; abre tus ojos y mira nuestra desolación y la ciudad en la que se invoca tu nombre, pues nuestras súplicas no se fundan en nuestra justicia, sino en tu gran misericordia. ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa sin tardanza! ¡Por tu honor, Dios mío, pues tu nombre se invoca en tu ciudad y en tu pueblo!” (Dan 9,15-19).
“¡NO PERDEMOS LA ESPERANZA!”
En realidad, amado Padre, nuestra vida podría ser tan sencilla, incluso después de la dolorosa pérdida del Paraíso, porque Tú pones todo de tu parte para que vivamos con la dignidad que nos has otorgado. La vida contigo es, en realidad, de una magnífica sencillez: te reconocemos como nuestro amantísimo Padre, escuchamos tus instrucciones y, con tu gracia, ponemos en práctica lo que nos dices. Entonces, la paz y la felicidad habitan en nosotros, aunque, mientras dure nuestra peregrinación hacia la eternidad, tengamos que librar algunos combates en la tierra. Incluso cuando nos haces partícipes del sufrimiento de tu Hijo, como explica san Pablo (Col 1, 24), para cooperar en la salvación de otras personas que aún viven lejos de ti y a las que quieres conducir a su hogar eterno como hijos tuyos, ¡permanece en nosotros la verdadera dicha que eres Tú!
