«No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará» (Mt 7,15-16a).
El sentido más profundo de esta palabra del Señor se nos revela cuando pensamos en nuestro Padre celestial. Basta con fijarnos en cómo nos trata para aprender cómo nosotros debemos tratar al prójimo. Lo veremos de forma muy clara en la reflexión de mañana, que nos presentará el encuentro entre Jesús y la mujer adúltera.
Una y otra vez, debemos tener presente que Jesús no vino al mundo para juzgar: «Si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo» (Jn 12,47).
Ciertamente, hay situaciones que debemos juzgar a la luz de la fe, ya que, de lo contrario, caeremos en la confusión. El pecado sigue siendo pecado y no podemos reinterpretarlo. Pero siempre permanece abierto para el hombre el camino hacia el perdón y la reconciliación con Dios, pues nuestro Padre celestial siempre nos lo ofrece.
Asimismo, en nuestro trato con otras personas, especialmente con nuestros hermanos y hermanas en la fe, no podemos cerrar los ojos cuando pecan. Antes bien, estamos llamados a ayudarles para que vuelvan al buen camino y dejen atrás la senda del pecado.
«Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).
La pregunta es: ¿cómo podemos hacerlo a la manera del Padre celestial? Él mira con amor al pecador porque es su criatura y quiere salvarlo. Sin embargo, nunca pasa por alto el pecado, sino que está dispuesto a perdonarlo todo si el hombre se arrepiente. También nosotros necesitamos esta actitud, que nos enseñará a no condenar ni juzgar al pecador.
Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús que hoy hemos meditado: ………..
