En el marco de las meditaciones diarias, además de reflexionar sobre las lecturas o el Evangelio del día o de abordar diversos temas relacionados con la vida espiritual, he incluido en algunas ocasiones la vida de los santos. Siempre es una gran alegría para mí hablar de ellos. Hoy me gustaría compartir y comentar brevemente algunas reflexiones del filósofo alemán Dietrich von Hildebrand sobre los santos en general.
En su esclarecedor libro El caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Hildebrand aborda diversos temas para explicar la crisis de la Iglesia. Dedica un capítulo entero a los santos y merece la pena escuchar atentamente sus palabras, que nos ayudarán a comprender y valorar mejor a los santos, tanto en su persona como en el mensaje que nos han legado. Así escribe Hildebrand:
«Cada santo es una realización del Reino de Dios, por cuya llegada oramos en el Padrenuestro. Porque en él ha producido la gracia todos sus frutos. Y en su humanidad se refleja la santa humanidad de Cristo. Así que un solo santo glorifica más a Dios que todo el progreso del bienestar terreno de los hombres, y no hablemos del “proceso evolutivo” y de los “acontecimientos cósmicos”. Además, cada santo es un inaudito regalo de Dios para nosotros. Se nos concede la gracia de ser testigos de la victoria de Cristo sobre un ser humano, y de saborear la esencia misma de la santidad. Todo hombre que no experimente esto como un don maravilloso, que no se sienta embriagado por el hecho de que en la personalidad de cada santo se nos conceda un destello de la gloria sobrenatural, no ama realmente a Cristo y no es un católico despierto.»
Y continúa:
«Para muchos católicos, que orgullosamente se llaman a sí mismos “progresistas”, las actividades puramente humanitarias y las instituciones sociales son más atractivas que la santidad. Más aún, el ideal que ellos han escogido, está muy alejado del llamamiento que cada santo significa para nosotros. Se han hecho ciegos al ‘Lumen Christi’. Aspirar a la justicia social —por bueno y meritorio que sea— no presupone que morimos a nosotros mismos, que rompemos con el espíritu del mundo, que renunciamos a Satanás y a las pompas de este mundo. Pero cada santo, por el hecho esplendoroso de su santidad, conmueve nuestra conciencia, y nos exige también que renunciemos al mundo y a sus vanidades.»
Los escritos de Dietrich von Hildebrand dan testimonio de un profundo arraigo en la fe católica. Partiendo de ahí, analiza el declive que se está produciendo en la Iglesia, que él mismo experimentó con profundo dolor e intentó contrarrestar con sus libros. Le dolía particularmente que el gran tesoro de la doctrina católica y la búsqueda de la santidad quedaran relegados a un segundo plano, y no tenía reparos en llamar a las cosas por su nombre y señalar sus causas. Por eso escogió como título para su libro: «El caballo de Troya en la Ciudad de Dios». Hildebrand tenía claro que en la Iglesia se estaba manifestando un espíritu ajeno a ella, que pretendía debilitarla desde dentro. Desde este trasfondo, resulta evidente que la disminución de la veneración de los santos es obra de un espíritu que, en general, hace daño a la Iglesia y pretende desviar la atención de lo esencial de esta veneración.
Dietrich von Hildebrand afirma claramente:
«Los santos son un molesto desafío para los que no aspiran a la santidad ni tienen la disposición a cambiar. Precisamente porque esos católicos progresistas no quieren que se les moleste en su comodidad, precisamente porque no desean salir del ghetto de la “ciudad secular”, quieren acabar con los santos. Los santos nos traen lo sobrenatural incómodamente cerca. Enfrentan a los hombres con el ethos de la santidad y perturban así a los que tratan de interpretar la meta de la vida cristiana según sus propios caprichos.
Todos los que no muestran interés por la existencia de los santos, todos los que tratan de excluir lo más posible a los santos de la vida de la Iglesia, no hacen más que evidenciar que algo anda mal en su relación con Cristo. No olvidemos que la doctrina de la Iglesia acerca de la justificación insiste en la posibilidad de que los hombres sean transformados plenamente en Cristo, de que cada uno está llamado a ser santo.»
Con sus palabras, el filósofo Dietrich von Hildebrand nos ofrece una motivación adicional para venerar a los santos y fijarnos en sus vidas, además de recurrir a la ayuda que nos brindan en todo momento, experimentando así de forma fructífera la comunión entre la Iglesia celestial y la militante.
La veneración de los santos, correctamente entendida, supone también una renuncia al espíritu del modernismo, que quizá aún reconozca la santidad de aquellos que se han dedicado especialmente a las obras de caridad hacia el prójimo, pero ya no quiere tener en cuenta a quienes, a través de su camino interior y su relación íntima con Dios, siguen exhortando a la santidad a sus hermanos en la Tierra.
He aquí una razón más para meditar una y otra vez la vida de los santos, deleitándonos con su testimonio y dejándonos inspirar por ellos en nuestro camino de seguimiento de Cristo.
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Meditación sobre la lectura del día en el Novus Ordo:
