«Con la verdad sucede lo mismo que con la caridad. Cuanto más la expreses y la pongas en práctica, más profundamente penetrará en tu interior y moldeará todo tu ser» (Palabra interior).
Vivir en la verdad y expresarla es un bien supremo que nos hace semejantes al Hijo de Dios, quien puede decir de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Mientras que la mentira y la deshonestidad deforman nuestra persona, la verdad tiene el efecto contrario. Ella no tolera la mentira ni el engaño, sino que nos moldea según la imagen con la que Dios nos creó.
Así como la caridad crece en nosotros cuando la ponemos en práctica y sometemos toda nuestra vida a su dominio, también ocurre lo mismo con la verdad. Esta no descansará hasta haber iluminado los rincones más recónditos de nuestra alma y habernos hecho dóciles a ella. Nos dará a gustar su delicioso sabor, que puede llegar a ser tan intenso que cualquier falsedad nos provoque un malestar espiritual, tanto en lo que respecta al conocimiento de nosotros mismos como al encuentro con los demás.
La verdad nos hará muy sensibles para percibir cuándo se está propagando el espíritu de la mentira en la sociedad y, en el peor de los casos, incluso en la Santa Iglesia.
Demos gracias a Dios por habernos abierto generosamente las fuentes de la verdad: sus santas palabras, la auténtica doctrina de la Iglesia y, sobre todo, el testimonio de su propio Hijo, que nos revela a nuestro Padre celestial. Así declaró el Señor ante Pilato: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).
Si toda nuestra vida se rige según la verdad y esta moldea nuestro ser, si damos testimonio de ella con palabras y obras, entonces seremos testigos de nuestro Señor. ¡Y algunos podrán escuchar y leer este testimonio!
