«Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,10b).
Fue el «Hijo del Altísimo» quien nos trajo la verdadera paz y llama a todos los pueblos a vivir en ella. En el Mensaje a sor Eugenia Ravasio, nuestro Padre Celestial subraya que la paz llega cuando los hombres lo reconocen, lo honran y lo aman. La paz interior y exterior solo puede reinar si vivimos de acuerdo con los mandamientos de Dios.
¿De dónde más podría venir? A nivel humano, pueden lograrse treguas o interrupciones de los conflictos armados. Pero vemos que el mundo no encuentra la paz. Le falta lo esencial: la paz que emana de Dios y transforma nuestros corazones, convirtiéndose en un torrente de paz para este mundo.
En primer lugar, se requiere la paz interior. En efecto, todo pecado es discordia y trae consigo la muerte, como afirma san Pablo: «La esclavitud al pecado conduce a la muerte, y la obediencia a Dios, a la justicia» (Rom 6,16b).
Al romper el poder del pecado y ofrecernos la reconciliación con Dios, Jesús, el verdadero príncipe de la paz, sentó las bases para que alcanzáramos la verdadera paz: «Pues el salario del pecado es la muerte; en cambio el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 6,23).
De este modo, a nosotros, los cristianos, se nos ha trazado el camino para servir a la verdadera paz viviendo como hijos del Padre divino. Debemos anunciar esta paz en nombre del Señor a través de nuestras palabras y nuestro testimonio. En este sentido, siempre debemos tener presente que la verdadera paz solo puede provenir de Dios y de la reconciliación con Él. Nunca debemos dejarnos engañar creyendo que la paz podría surgir sin cumplir esta condición previa.
