«No tengo nada que dar más que lo que Tú mismo me has dado» (Santa Catalina de Siena).
¡Qué certera y liberadora es esta frase tan sencilla de Santa Catalina de Siena! Retira el velo que a menudo nos cubre cuando nos esforzamos por ser y aparentar algo que no somos. Ciertamente, la sociedad a menudo nos plantea este tipo de exigencias y creemos que debemos corresponderles. Sin embargo, ¿no es una ilusión confiar en nuestros propios méritos y olvidar de dónde proviene todo? ¿No es una ceguera obviar el origen, es decir, nuestro Padre divino, de quien todo procede?
La frase de Santa Catalina representa el santo realismo de la humildad y, por tanto, posee la fuerza de la pureza. Esta certeza no nos exime de hacer nuestra parte, pero sabiendo quién es el que nos lo ha dado todo y nos lo ha confiado en su amor.
¡Qué humildad tan sanadora y qué descripción tan acertada de la realidad!
Siempre y cuando la soberbia no obstaculice este reconocimiento, experimentaremos una creciente liberación interior y crecerá la gratitud. En su bondad, Dios lo ha previsto todo para nosotros, tanto lo pequeño como lo grande, y nosotros hemos de devolverle lo que Él nos ha regalado: nuestra vida, nuestros talentos, nuestro presente y nuestro futuro, nuestro corazón… ¡todo!
¿Y entonces? ¡Entonces seremos libres!
Nuestra vida se convierte así en una gran acción de gracias y nos adentramos en el misterio del amor, entregándole a nuestro Padre lo que Él mismo nos ha confiado. Ya no buscaremos el reconocimiento de los hombres ni sus elogios, ya no procuraremos una confirmación de nuestro propio valor; ¡todo eso no es más que «vanidad de vanidades» (cf. Ecl 1,2)!
Simplemente vivimos la vida y sabemos de quién procede todo. ¡Esa es la simple realidad!
