“El hombre no debe anticiparse a la Providencia que lo guía” (San Vicente de Paúl).
Es una obra de arte espiritual estar “en sintonía” con la divina Providencia o, dicho en otras palabras, seguir el hilo del Espíritu Santo.
“El hombre no debe anticiparse a la Providencia que lo guía” (San Vicente de Paúl).
Es una obra de arte espiritual estar “en sintonía” con la divina Providencia o, dicho en otras palabras, seguir el hilo del Espíritu Santo.
“Oh, Jesús mío, sé que para ser útil a las almas debo anhelar la unión más íntima contigo, que eres el amor eterno” (Santa Faustina Kowalska).
Nuestra fecundidad para la salvación de las almas depende de la intimidad de nuestra unión con Dios. Cada día se nos invita a profundizar en nuestro amor al Señor y, a través de Él, a estar cada vez más unidos a nuestro Padre celestial. De hecho, Jesús nos ha introducido en este amor, como pone de manifiesto en su oración sacerdotal del Evangelio de San Juan:
“Nunca te dejes desanimar. Tenemos la mirada puesta en ti y no permitiremos que te suceda más de lo que puedas soportar”(Palabra interior).
En nuestro camino de seguimiento del Señor, pueden presentarse situaciones en las que necesitaremos especialmente estas palabras. A veces —o incluso frecuentemente—, nuestro Padre permite que sucedan cosas difíciles de afrontar, ya sea a nivel personal o en el mundo y en la Iglesia. Son cruces que tenemos que cargar, cuyo sentido nos parece difícil de entender y que solo podemos superar a través de la fe. En tales circunstancias, nos desanimamos con facilidad.
“¡Nunca dudes en decir la verdad!” (Palabra interior).
La verdad es un bien invaluable. Sin ella, todo se difumina y la realidad adopta rasgos ilusorios. Como cristianos, hemos tenido la dicha de conocer a Aquel que es la verdad misma (Jn 14,6) y que viene a nosotros desde el trono del Padre. Ante el procurador Pilato, Jesús declara: “Para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37); es decir, para anunciar al Padre Celestial de quien todo procede.
“Nadie está excluido de mi amor; todos están llamados y convidados. Sin embargo, deben revestirse con el traje de boda que mi Hijo ha otorgado a la humanidad” (Palabra interior).
El corazón de nuestro Padre está abierto de par en par a todos los hombres, ¡nadie está excluido de su amor! Todos están llamados a acercarse al trono de su misericordia. Por eso el Padre envía a sus mensajeros para que los hombres conozcan su amor. Sin embargo, aunque este amor sea ilimitado e inagotable, existe una condición para que el hombre pueda recibirlo y vivir en él. Debe revestirse con el traje de boda del Cordero, que el Señor adquirió en la cruz para la humanidad, cumpliendo plenamente la voluntad del Padre Celestial.
“Es mejor arder que conocer” (San Bernardo de Claraval).
San Bernardo, que era un ardiente predicador, anuncia aquí la primacía del amor. Él era capaz de inflamar a sus oyentes con el amor de Dios y de presentarles la vida monástica de forma tan atrayente y con todos los elogios imaginables, que las madres empezaron a esconder a sus hijos de él para que no se fueran todos tras él al monasterio.
“El vínculo del amor es más fuerte aún que el lazo con el que la naturaleza ha unido tan fuertemente a los padres con los hijos” (San Bernardo de Claraval).
Sin duda, San Bernardo, el gran amante de Dios, se refería al vínculo de amor con Dios. Y puesto que éste es más fuerte que los lazos de la sangre, uno puede dejar atrás a la familia cuando se trata de responder a su llamado y dedicarse por entero al vínculo de amor con Dios. De hecho, este vínculo es indestructible y produce los mayores frutos. También crea nuevos vínculos entre aquellos que han dado el primer lugar a Dios y no anteponen nada al amor del Padre Celestial.
“El amor transforma las almas y las hace libres” (San Bernardo de Claraval).
Esta es la extraordinaria obra del Espíritu Santo, que ha sido derramado en nuestros corazones y lleva a cabo su transformación. Conocemos sus siete dones, que sirven para nuestra santificación.
En efecto, es el amor el que nos vuelve receptivos a todo lo que Dios quiere concedernos, porque «Dios es amor» (1Jn 4,16b).
“¿Quieres que te diga por qué y cómo debemos amar a Dios? En una palabra: el motivo de amar a Dios es simplemente Dios mismo, y la medida es amarle sin medida” (San Bernardo de Claraval).
¡San Bernardo da en el clavo! Ciertamente podríamos encontrar incontables motivos por los que debemos amar a Dios y nunca terminaríamos de enumerarlos. Pero todos estos se resumen en que amamos a Dios sencillamente porque es Dios y amamos a nuestro Padre por ser como es. Al descubrirlo cada vez más, exclamaremos desde lo más profundo de nuestro corazón: “Oh Dios, te doy gracias por ser nuestro Padre y por ser como eres”.
“Te he dado mi corazón para que el amor nunca se agote” (Palabra interior).
Para amar como el Señor, necesitamos un corazón nuevo, el corazón de nuestro Padre Celestial. De lo contrario, ¿cómo podríamos superar todas las barreras que hacen que nuestro corazón sea tan pequeño y estrecho?