NUESTRO PADRE ES BUENO EN SÍ MISMO

“Todo lo bueno que otros hagan, impulsados por nosotros, aumentará el esplendor de nuestra gloria en el cielo” (San Juan Bosco).

Esta frase encaja muy bien en nuestras reflexiones diarias sobre Dios Padre, y podemos situarlas en contexto con el Mensaje del Padre, en el cual Él nos pide que transmitamos a los hombres un conocimiento más profundo de Dios. ¡Cuánto aumentará el esplendor de nuestra gloria si otras personas, impulsadas por nosotros, empiezan a volverse nuevamente al Padre y a alabarle!

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“ENVÍAME”

“Haz que te encuentre siempre en vela, para que pueda contar contigo a toda hora” (Palabra interior).

¡Qué invitación tan extensa de nuestro Padre! Él no sólo nos rodea constantemente con su amor paternal y nos da así un hogar eterno; sino que además quiere contar con nosotros. La amistad que nos ofrece no debe ser unilateral, de modo que no somos sólo nosotros quienes podemos confiarle a nuestro Padre lo más íntimo; sino que también Él pueda contar con noostros e incluirnos en sus planes de salvación.

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“A ÉL SOLO LE PERTENEZCO”

“Yo vengo de Dios, Mi Padre; a Él vuelvo; a Él solo le pertenezco” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Detengámonos hoy en la última parte de esta frase del Mensaje del Padre: “A Él solo le pertenezco.”

El Padre nos ha dado esta certeza, y nosotros hemos de repetirla una y otra vez:“Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99,3).

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DE CAMINO A CASA

“Yo vengo de Dios, Mi Padre; a Él vuelvo; a Él solo le pertenezco” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Con qué sencillez el Padre nos revela nuestra identidad más profunda, haciéndonos descubrir al mismo tiempo el sentido de nuestra existencia, que consiste en conocer, honrar y amar a éste nuestro Padre.

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EL TIEMPO ES ORO

“El tiempo es oro. Aprovéchalo a plenitud” (Palabra interior).

Nuestro Padre Celestial nos ha encomendado el breve tiempo de nuestra vida terrena para que lo empleemos alabándolo y sirviéndole como verdaderos hijos. Aunque “nuestros años se acaban como un suspiro” (Sal 89,9), son tiempo suficiente para atesorar tesoros imperecederos en el cielo (Mt 6,20). El grado de cercanía que tengamos con nuestro Padre en la eternidad dependerá también de qué tanto respondamos a su amor y trabajemos en su Reino durante esta vida.

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