“EL TRONO DE LA VERDAD”

«Nadie en todo el mundo es capaz de cambiar la verdad. Sólo una cosa podemos hacer: buscarla, encontrarla y servirla» (San Maximiliano Kolbe).

Esta frase certera de san Maximiliano nos introduce en una actitud de humildad natural. Nos muestra el camino hacia una vida fructífera en unión con Dios. Para ello hemos sido creados y nuestro Padre mismo ha sembrado en nuestro corazón la búsqueda de la verdad.

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Permanecer en la alegría

Hch 13,44-52

El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para oír la palabra del Señor. Cuando los judíos vieron la muchedumbre se llenaron de envidia y contradecían con injurias las afirmaciones de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: “Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor: ‘Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra’.” Al oír esto los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. Y la palabra del Señor se propagaba por toda la región. Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. Éstos se sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se dirigieron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo. leer más

El plan del Señor subsiste por siempre

Debido a ciertas circunstancias, en los próximos días recurriré a meditaciones que escribí en años anteriores. Pero el tema encaja «como anillo al dedo» en nuestras reflexiones sobre la misión de la Iglesia, ya que veremos cómo san Pablo anuncia una y otra vez la Buena Nueva, primero a los judíos en las sinagogas y después a los gentiles.

Hch 13,26-33

En aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga: “Hermanos, hijos de la raza de Abrahán, y cuantos entre vosotros teméis a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no hallaron en él ningún motivo de condena, pidieron a Pilato que le hiciera morir. Y cuando hubieron cumplido todo lo que estaba escrito respecto a él, lo bajaron del madero y lo pusieron en el sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Él se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y que ahora son testigos suyos ante el pueblo. También os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa que Dios hizo a los antepasados la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy’.”

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“YO SOY QUIEN TE CONSUELA”

«Yo, yo soy quien te consuela» (Is 51,12).

Cuánto desea nuestro Padre que entendamos esto, pues ¿quién sino Él podría brindarnos un consuelo que llegue hasta esas profundidades que ni nosotros mismos ni ningún ser humano podemos sondear?

¿No nos encontraremos ante Él en la hora de nuestra muerte, solo Él y yo? ¿No veremos toda nuestra vida bajo su luz y con sus ojos? ¿No será entonces un infinito consuelo poder decirle a nuestro Padre: «Hemos confiado en ti, hemos buscado solo tu consuelo y hemos intentado seguir tus caminos»? El hecho de verle será nuestro consuelo y entonces reconoceremos cuánto nos ha amado y que nunca se ha apartado de nuestro lado.

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El valor de la Tradición

En la lectura y meditación de hoy veremos cómo, antes de la expulsión de los creyentes en el Mesías, el apóstol Pablo seguía mostrando a los judíos en las sinagogas la obra salvífica de Dios, con la intención de conducirlos hacia Jesús.

Hch 13,13-25

Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén, mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Después de la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: “Hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.” Pablo se levantó, hizo señal con la mano y dijo: “Israelitas y cuantos teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados, engrandeció al pueblo durante su permanencia en el país de Egipto y los sacó de allí con su poderoso brazo. Durante unos cuarenta años los rodeó de cuidados en el desierto; después, tras exterminar a siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su tierra, por unos cuatrocientos cincuenta años. Después de esto les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De su descendencia, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, antes de su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: ‘Yo no soy el que vosotros os pensáis; sabed que viene detrás de mí uno a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies’.” leer más

“ABUNDANTE FRUTO”

«Cuanto más habites en mi corazón y yo en el tuyo, más abundante fruto darás» (Palabra interior).

¿Queremos que nuestra vida produzca abundante fruto, un fruto que permanezca para la vida eterna? En la frase de hoy se nos muestra una manera, pues el Padre celestial nos ofrece su propio corazón para hacernos fructíferos. No se trata de un camino difícil que exija indecibles esfuerzos por nuestra parte. Antes bien, es el sencillo camino del amor, una íntima comunión con nuestro Padre.

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La luz del Hijo de Dios

Después de expresar mi pesar, junto con san Pablo, por el hecho de que tantos judíos no hayan reconocido a Jesús como el Señor, ni en el tiempo en que Él estuvo en la Tierra en medio de ellos, ni cuando los apóstoles dieron testimonio de su Resurrección, ni hasta el día de hoy, quisiera dejar que sea el propio Señor quien hable sobre sí mismo en el Evangelio de hoy. En el testimonio del rabino Eugenio Zolli, conocimos a un judío que reconoció a Jesús como el Mesías. En San Agustín nos encontramos con una persona en busca de la verdad que se dejó tocar por la Palabra de Dios y alineó toda su vida con el Señor. ¡Ojalá muchas más personas se encuentren con la «Luz del mundo» y el «Verbo de Dios», que es Jesús mismo!

Jn 12, 44-50

En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga entre tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no es capaz de guardarlas, yo no le juzgo, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado lo juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo es lo que el Padre me ha dicho a mí.”

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“MORIR, RESUCITAR Y VIVIR”

«Alejarse de ti significa MORIR; volver a ti significa RESUCITAR; morar en ti significa VIVIR» (San Agustín).

Con estas breves palabras, san Agustín da en el clavo. En efecto, si nos alejáramos de ti, amado Padre —lo cual te rogamos que impidas siempre—, ya no podríamos acoger tu gracia ni tu amor solícito por nosotros. Todo en nosotros empezaría a morir, todo aquello en lo que radica el verdadero sentido de nuestra existencia.

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Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti

Antes de retomar nuestras reflexiones sobre la Iglesia en este Tiempo Pascual, para apreciar aún mejor su belleza y la misión que el Señor le ha encomendado, permitidme que dedique un momento a hablaros de nuestra comunidad Agnus Dei. Estoy escribiendo esta meditación el 24 de abril, fecha en la que se cumple el cuadragésimo sexto aniversario de su fundación.

Puesto que Dios tiene en cuenta todos los detalles y cada día le pertenece, cada fecha tiene una historia valiosa. Por tanto, merece la pena descubrir qué otros acontecimientos han tenido lugar a lo largo de la historia en las fechas que son importantes en nuestra vida. Dado que la Comunidad Agnus Dei es una comunidad religiosa de católicos, veamos primero qué otros sucesos conmemora la Iglesia en el día de su fundación, el 24 de abril.

Dentro de la Orden de San Agustín, ese día se celebra la fiesta de la conversión de san Agustín. De hecho, este santo contribuyó de diversos modos al surgimiento de nuestra comunidad, por lo que le rendimos un homenaje especial cada 24 de abril. Conocemos todo lo que surgió a raíz de su conversión, que ciertamente se debió en gran medida a la intercesión de su madre, santa Mónica. Hasta el día de hoy, la influencia de san Agustín es inestimable tanto para la Iglesia como para las personas que buscan la verdad.

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“AFRONTAR LA HOSTILIDAD”

«Todos los que quieran seguirme experimentarán la hostilidad del infierno y la de aquellos que prestan oído al demonio» (Palabra interior).

Cuando emprendemos el camino de seguimiento de Cristo, es inevitable que nos enfrentemos a esta hostilidad. Puede manifestarse de diversas formas, pero siempre estará presente. Nuestro Padre nos lo mostró claramente en la vida de su propio Hijo, así como en el testimonio de sus discípulos a lo largo de la historia.

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