LA GLORIA DE LA RESURRECCIÓN

“¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?” (1Cor 15,55).

Podemos exclamarlo llenos de júbilo en este día, el día en que la Iglesia proclama la Resurrección del Hijo de Dios: ¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

El Padre hizo realidad todo lo que había sido anunciado. Y lo que aún falta por cumplirse, con toda certeza llegará, pues Él es el Eterno, el Amantísimo y el que todo lo cumple.

Ahora, después del largo tiempo de Cuaresma, ha llegado el momento. Ahora es el tiempo del gozo pascual, el tiempo de la gloria, pues la muerte no pudo retener al Hijo de Dios, que subirá al Padre y nos llevará consigo como premio de su victoria.

El Resucitado, que retornará al Final de los Tiempos, mostrándose con las llagas transfiguradas que padeció por nosotros, es nuestro futuro. En Él, el Padre nos concede desde ya la resurrección espiritual, cuando dejamos atrás los caminos del pecado y su gracia empieza a obrar en nosotros. Este camino nos conducirá un día a la resurrección corporal, para que, con un cuerpo transfigurado, estemos para siempre junto a Dios.

Aunque el Señor Resucitado haya ascendido a los cielos tras haber instruido a sus discípulos y ya no haya estado visiblemente en medio de ellos, no nos dejó huérfanos. Antes bien, nos aseguró su constante presencia y nos dejó un encargo:

“Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,18-20).

El Señor Resucitado quiere continuar su obra con nosotros a lo largo de los siglos, para que todos los hombres obtengan la salvación y vuelvan a la casa de nuestro Padre Celestial.

¡Qué misión tan santa nos encomienda el Señor, verdaderamente resucitado! ¡Alabado sea Él, junto con el Padre y el Espíritu Santo! ¡Aleluya!